| Artículos del mes. Julio-Agosto de 2002 |
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| Mensual Aragonés
de Análisis, Opinión y Cultura. |
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La Organización de las Naciones Unidas declaró 2002 como Año
Internacional de las Montañas, a propuesta de la República centroasiática
de Kirguistán. Este hecho nos permite reflexionar sobre la realidad de los
territorios montañosos, que no son sólo paisajes sublimes y ecosistemas
valiosos y frágiles que hay que conservar. En palabras de Jacques Diouf,
Director General del Fondo de la ONU para la Alimentación y la Agricultura
(FAO), en el discurso inaugural de esta celebración, es necesario combatir
la guerra y la pobreza como paso previo a promover el desarrollo de las
zonas de montaña, ya que en estas zonas «se despliega la mayor parte de
los conflictos armados del mundo, y ahí viven también algunas de las
poblaciones más pobres y con menos seguridad alimentaria del planeta».
Porque sin paz no es posible el desarrollo, no es posible reducir la
pobreza, y si no se reduce la pobreza y se mejora la calidad de vida de
las poblaciones de las montañas, no hay posibilidades para un desarrollo
sostenible que atienda a las necesidades de protección y conservación de
los ecosistemas de montaña, que hoy en día constituyen importantes
reservas de agua dulce, de recursos genéticos, de biodiversidad, de
diversidad cultural, de paisajes o de espacios naturales para la
recreación.
Las montañas de la Unión Europea (UE) son en este sentido privilegiadas
respecto a otras montañas del planeta, debido a su pertenencia a estados
democráticos con un alto grado de desarrollo económico y social que las
sitúa en una posición de partida más favorable frente a otras que padecen
conflictos bélicos (Afganistán), inestabilidad política (Cachemira, Nepal,
Cáucaso) o inseguridad alimentaria (ciertas zonas de África, Asia o
América Latina), sin olvidar los conflictos raciales o étnicos y los
desplazamientos de poblaciones. En definitiva, para una gran parte de ese
diez por ciento de la población mundial que habita en las montañas, la
necesidad más perentoria es la propia supervivencia, y por tanto el
equilibrio entre conservación de los recursos naturales y desarrollo
económico resulta imprescindible para permitir una existencia digna y
vislumbrar un futuro mejor para los habitantes de las montañas.
Pese a este punto de partida más favorable, no hay que olvidar que las
zonas de montaña de la UE comparten con el resto de montañas del mundo los
problemas ambientales debidos, bien a una excesiva presión sobre el
territorio, bien a su desertización y abandono por sus pobladores ante la
falta de recursos económicos para su desarrollo. En una sociedad avanzada
con altas cotas de calidad de vida, la política de montaña puede y debe
avanzar en una línea de progreso que permita mejorar las condiciones de
vida y trabajo de los montañeses, y además contribuir a mejorar la salud
global del planeta mediante una adecuada preservación del medio ambiente,
lo que puede tener un claro efecto ejemplificador respecto a otras
sociedades menos desarrolladas.
España, país
más montañoso de la UE
De hecho, la UE ha venido desarrollando, al menos desde 1975 en que se
dicta la primera directiva sobre agricultura de montaña, una política que
si inicialmente estuvo dirigida a mejorar las rentas de agricultores y
ganaderos, sobre la base de compensar unas características físicas
adversas para el desarrollo de su actividad económica, muy pronto se
vinculará a la resolución de problemas específicos de conservación de la
naturaleza y del espacio rural en el marco de los programas de desarrollo
y en línea con las nuevas orientaciones de la política agrícola común
mediante medidas agroambientales.
Como primer país más montañoso de la UE, España puede jugar un
importante papel en la definición de nuevas políticas de desarrollo para
las zonas de montaña que tengan en cuenta la necesidad de preservar sus
valores ambientales y de promover un desarrollo sostenible que permita
mantener o mejorar, si fuera preciso, la calidad de vida de sus
habitantes. No hay que olvidar a este respecto que junto a unas montañas
que sufren en este momento una gran presión turística que puede poner en
peligro la adecuada preservación de sus valores naturales, existen otras
montañas que se caracterizan por niveles de desarrollo muy inferiores,
debido a situaciones de aislamiento, despoblación, escasez de recurso
económicos o baja rentabilidad de las explotaciones, o a causas naturales
como la sequía o la erosión.
La Comunidad Autónoma de Aragón es un claro ejemplo de esta situación
de desigualdad: mientras algunas zonas del Pirineo, y en menor medida del
Sistema Ibérico, participan de un alto grado de desarrollo,
fundamentalmente vinculado a actividades turísticas, otras muchas zonas de
montaña, entre las que cabe citar el Prepirineo, el Maestrazgo o las
sierras ibéricas al sur del Moncayo, presentan graves síntomas de
desarticulación territorial por la falta de inversiones y de expectativas
socioeconómicas, a pesar del meritorio trabajo realizado por las
asociaciones de las zonas en el marco de los programas comunitarios de
desarrollo (Leader fundamentalmente u otros).
La preocupación por la montaña no es nueva en Aragón, pero satisface
constatar que hoy es un tema de actualidad, tal vez debido a las
reper-cusiones del debate hidráulico o al interés por la conservación de
los espacios naturales. De tal modo, que si hace unos años vio la luz una
ley para el desarrollo integral del Somontano del Moncayo, en
correspondencia con la ampliación de uno de nuestros más antiguos parques
naturales, ahora vivimos el debate sobre la conveniencia u oportunidad de
una Ley del Pirineo, de cuya necesidad no hace mucho nadie parecía dudar,
pero sobre cuyos contenidos es posible y legítima, incluso casi
inevitable, la discrepancia.
En nuestra opinión, sin entrar a valorar los contenidos de la ley, cuyo
proyecto está ya en tramitación parlamentaria, lo que confiere un carácter
diferenciado al territorio pirenaico en relación con otras zonas de
montaña aragonesas, es la conjunción de tres factores: en primer lugar, la
existencia de espacios naturales valiosos y en su mayor parte bien
conservados; en segundo lugar, la presión turística que se ejerce sobre
esos espacios y el consiguiente impacto ambiental; en tercer lugar, el
Pirineo constituye nuestra mejor reserva de agua dulce que es un recurso
natural estratégico a escala planetaria. Por lo tanto es necesaria una
política de conservación, probablemente vinculada a la figura del Parque
Natural de los Pirineos que tantas voces autorizadas han demandado; es
nece-saria una ordenación del desarrollo turístico y urbanístico, sin
perder de vista el contexto general, pero con medidas específicas para
este territorio excepcional pero a la vez frágil; y es necesario abordar
la cuestión hidráulica desde la imprescindible solidaridad entre el llano
y la montaña, sin prejuicios ni imposiciones previas.
Si consideramos las montañas de Aragón en su conjunto, podemos también
apreciar problemas comunes, de los que no es el menor la falta de una red
de comunicaciones adecuada que facilite la accesibilidad a numerosos
núcleos de población, condenados de otro modo al abandono a corto o medio
plazo; el hecho de que se haya primado la movilidad sobre la comunicación
entre poblaciones implica que los núcleos que no son eminentemente
turísticos tengan un destino incierto, ya que un acceso difícil puede
conllevar una menor afluencia de turistas, pero sobre todo complica la
salida de los productos al mercado, problema que no sólo afecta a la
agricultura y ganadería sino también a cualquier tipo de productos
manufacturados o incluso a la explotación de las fuentes de aguas
minerales.
Parque Natural
de Montaña
La agricultura de montaña es una actividad en declive y sin embargo es
absolutamente esencial para la conservación de los ecosistemas de montaña,
en gran parte producto del pastoreo y la explotación humana, al margen de
su necesidad para el mantenimiento de los paisajes y ambientes rurales tan
demandados por algún sector de ciudadanos; pero sobre todo es la
oportunidad para una gran parte de los municipios de mon-taña que no
tienen posibilidades de explotar otros recursos económicos, por lo que la
agricultura y ganadería, tal vez combinada la primera con la
transformación de los productos, las elaboraciones artesanas y quizá el
turismo rural, han de constituir la base sobre la que se asiente la
población en el territorio.
Desde otra perspectiva es necesario crear un marco jurídico del turismo
de montaña, que permita un control efectivo del desarrollo urbanístico sin
merma de las competencias municipales, que promueva las actividades
turísticas y favorezca a las empresas que desarrollen esas actividades más
que a los inversores inmobiliarios. Un marco que regule la práctica
deportiva, cada vez más diversificada, y que asuma los límites derivados
de la protección del medio ambiente.
Finalmente, se hace preciso reflexionar sobre el modelo de Parque
Natural de Montaña, su naturaleza, finalidad y regulación, su contribución
al desarrollo de las zonas de montaña y al bienestar general de la
población, la participación social en su declaración y gestión posterior,
la coordinación de actuaciones entre los parques existentes y la posible
promoción de otros nuevos.
En este Año Internacional de las Montañas, el Gobierno de Aragón ha
creado una Comisión que, según costumbre, se encarga de coordinar y
or-ganizar diversos actos conmemorativos. Pero más allá de esta tarea, los
miembros de la Comisión Aragonesa para el Año Internacional de las
Montañas queremos que este año sea un punto de partida para ilusionar a
mucha gente y para implicar a las administraciones públicas y a las
empresas en los retos de la conservación y el desarrollo sostenible de
nuestras zonas de montaña. Para intentar crear conciencia de esa necesidad
hemos organizado o patrocinado diversos actos y preparamos una exposición
que recorrerá diversas ciudades de Aragón. Para dejar patente su voluntad
de mantener abierta una puerta al futuro, desde el conocimiento y el amor
a las Montañas, la Comisión ha aprobado la declaración que reproducimos en
estas páginas.
Ramón Tejedor y Gonzalo Albasini. Presidente y
Secretario de la Comisión Aragonesa para el Año Internacional de las
Montañas
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