3 de enero
Ah, esas gentes de la Cataluña
de mi madre, con dignidad y sin vanidad, estudiosas y fiables. Todavía
queda algún representante vivo, como la pedagoga Carme Serrallonga,
84 años, que tiene la vivienda en un ático de la calle
Mayor de Sarrià y declara que no le agrada
la idea de la muerte. "Me la tomo con calma (la idea de la muerte),
pero no me resigno. ¿Por qué tengo que morir si estoy
bien en este mundo? Un libro nuevo, una conversación agradable,
escuchar música, sentarse delante de un cuadro, tocar el piano,
bañarse en la mar, tomar el sol. Existen tantas cosas agradables".
¿Para qué sirve la escuela? "La escuela sirve para
hacer personas, para enseñar a pensar, a tener opiniones propias
y, por supuesto, a ser responsable". ¿Su metodología?
Carme Serrallonga precisa que su metodología no tiene ningún
mérito. "Es la que me enseñaron en el Institut
Escola, herencia del Instituto Libre de Enseñanza de las escuelas
catalanas de la República. Es una herencia que nos dice que
la escuela es un lugar donde se encuentra gente muy distinta que aprende
a convivir. Que no habla de religión en el sentido de hacer
sectarismo. Que no deja que los maestros hagan proselitismo político.
Que enseña a respetar las opiniones de los demás, a
convivir respentando, porque la razón nunca es absoluta. Esto
es lo que yo he procurado enseñar toda mi vida, y he mirado
de hacerlo lo mejor posible".
Ciertamente, todo esto es elemental, y, sin embargo, todavía
tan infrecuente en las pedagogías. Todo esto es lo mejor de
Cataluña, la parte en que uno se siente reconocido, el escepticismo
civilizado, el buen sentido, la tolerancia. No conozco personalmente
a Carme Serrallonga, pero le agradezco que he haya recordado lo mejor
de mi herencia materna.
La apisonadora franquista y otras circunstancias
me alejaron de esa herencia materna. En los años treinta mi
madre tenía una tertulia con un grupito de intelectuales nada
desdeñable: Carles Riba, Clementina Arderiu, Jaume Bofill i
Ferro, el pintor Obiols... Barcelona bullía, oscilando entre
el cosmopolitismo, el afrancesamiento y el catalanismo. La radio traía
la canción Les flors de maig, de Clavé, interpretada
por l'Orfeó Català bajo la batuta del maestro Millet.
La guerra civil interrumpió todo aquello. Después vino
el fading away de la cultura catalana, la diáspora,
el anonimato. Barcelona en la penumbra. A su regreso del exilio, Riba
se fue a vivir allá por el puente de Vallcarca; Craywinckel;
Obiols pintó los murales de la iglesia de Sarrià; Josep
Maria de Sagarra habitada, creo, por la Bonanova. Tiempos de clandestinidad
y silenciosa confusión. Riba y Sagarra se llevaban mal. A Riba
le tachaban de egocéntrico y soberbio, pero vivió siempre
en la pobreza, por fidelidad a sus convicciones; cuando cumplió
60 años, la gente del mundo literario catalán le regaló
una casita en Cadaqués. El gran traidor, ya se sabe, era Eugenio
d'Ors. Etcétera. Y, ya digo, Barcelona en la penumbra.
He conocido diversas Barcelonas, y he hablado de ello en mis
libros de memorias: la de las iglesias ardiendo al comienzo de la
guerra civil, la de los años de la gran clausura, la de los
estraperlistas de la postguerra, la de los inmigrantes, la de la gauche
divine, la de comienzos de la democracia... Los cambios
y los ciclos. Ya no existen aquellas doscientas familias ricas, ramo
textil, endogámicas y franquistas que mandaban en la ciudad,
las que vivían en casas decoradas por Manuel Muntañola
y a la noche salían a bailar al son de Bernard Hilda: al Cortijo,
a la Rosaleda, a Cactus, a Monterrey... En aquella época había
poco ruido callejero, y los automóviles (escasos) olían
por dentro a cuero inglés. Hoy la oligarquía es un poco
más compleja, subió la meritocracia. La nueva Barcelona,
la de los juegos olímpicos, es difícil de reconocer.
Yo vivi en Pedralbes, que es -teóricamente- el último
reducto de una cierta burguesía elitista. Teóricamente.
En la práctica, también Pedralbes se está llenando
de ruidos. Sobre todo, ruidos de colegios.
En fin. Sólo quiero dejar constancia de que tras tantas capas
de aluvión y de desahucio, me alcanza todavía una cierta
resonancia cuando escucho la voz digna de algún representante
de la Cataluña de mi madre, la de la República civilizada.
Discurren los días, fríos y festivos, la gente sale
por ahí a esquiar, mimetismos de una catarsis más antigua.
Nosotros dudamos entre ir a París o al Ampurdán. Dependerá
de mis virus, y de si París sigue inundado por el Sena.
PÁNIKER, Salvador: Cuaderno amarillo, Plaza &
Janés Editores S.A., Barcelona, 2000