.....
  • Horizontes barceloneses. Desde la cima de la Paz

    I

    Barcelona, la Barcelona municipal y provincial o, si se quiere, la provincia barcelonesa y su sede capitalicia están presentes y actuantes en este repasar de aconteceres que tanto tiene de rescate y recuperación como de empalme con una continuidad quebrada por extraños designios que amenazaron de muerte las nobles tradiciones y las puras esencias vitales forjadas en el yunque afanoso de la Historia.

    De cómo se ha desarrollado nuestra actividad, en los polifacéticos aspectos que la integran, da idea, apenas indiciaría, porque más no cabía, el elenco donde figuran antecedentes, datos y circunstancias, de los que brotan y fluyen elementos de juicio ilustrativos en torno a las características estructurales a que, de ese modo sumario, pretenden responder, con miras a reflejar, bajo cada rotulación o epígrafe, cuantos factores contribuyen a formar ese orden, agrupación, disposición u organización del que es clave interpretativa su correspondiente estructura: geográfica, social y administrativa, espiritual y cultural, folklórica y costumbrista, viaria y turística, económica, en fin, seguido todo ello de los distintos complementos gráficos que facilitan el pronto manejo, la orientación certera y el mejor entendimiento.

    Claro es que tal dispositivo sería suficiente para la mera información y serviría de cotejo en cualquier contraste que se intentare con tan exiguo propósito; pero no bastaría para plantearse a fondo una interpretación cualificada y cuantificada en términos comparativos, sin ceñirse, por tanto, a la acotada etapa de que se rinde cuenta en las siguientes páginas, por floreciente que a primera vista resulte.

    Bien saben de esas computaciones aquellos que han vivido los trascendentes avatares de los cuatro decenios anteriores al año actual, primero como juveniles espectadores y, luego, como hombres incorporados al cotidiano quehacer, intenso y denodado; y conviene que lo vean también los proseguidores para su mejor aprovechamiento, pues, como aconsejaba previsoramente Xenius, la colaboración de la obra insigne de los pasados es lo que permite a los trabajadores de cada día la economía de esfuerzos, con la cual pueden darse en seguida a nuevas adquisiciones; porque «el sabio no vive en su ciencia como Robinsón en su isla; antes como ciudadano en república de buen regimiento».

    Parafraseando versiones de antes y de ahora, hemos de contemplar cómo la antorcha de la fe va acompañada de la de la esperanza, y ambas componen un legado transferible sin solución de continuidad, el cual se nos presenta ya provinente de un mundo que en parte fue realidad y en parte quiso serla. Del mismo modo que nuestras realizaciones forman en el cortejo de obras contrastadas por la eficacia, que son y están ahí, y de proyectos en curso que aún no han sido sino obras en potencia, pero que pertenecen a la misma realidad e implican responsabilidad de acierto o desacierto en relación con perspectivas mediatas e inmediatas, habida cuenta de que el veloz acontecer a que asistimos acorta la futuridad y a cada paso nos acerca a los problemas que, en el pausado caminar de otras normales andaduras, hubiéranse podido apenas vislumbrar en horizontes de muy remota lejanía.

    Se ha de salvaguardar, no obstante, en cualquier forma de interpretación o desde cualquier ángulo visual en el que el observador prefiera situarse, y por encima de toda voluntad de acción, el pensamiento que la ha inspirado y conducido, para que el hombre de aquélla, de ésta o de la subsiguiente progenie no pierda el temple de las riendas que como tal le corresponde tensar.

    El ars boni et aequi nos coloca sencillamente ante la pretensión de conocer y compulsar, a la manera de un examen de conciencia de cada uno de nosotros y de la colectividad natural y jurídica que formamos, las concreciones principales reveladoras del obrar de un pueblo y su valor relevante en cuanto aportación al concierto de la comunidad nacional a la que pertenece.

    ¿Por qué camino, con qué instrumento, en qué actitud? Siguiendo aquel método consistente en el «orden que observamos para evitar el error y encontrar la verdad», acudiendo a las fuentes de donde mana el conocimiento de ella, que se llaman «criterios», argüía Balmes, y atendiendo a los medios de que dispuso el narrador, a su situación y demás circunstancias. Así podremos entrar en discusión, proseguía, que es fuente de luz si se evita el espíritu de parcialidad, la influencia del amor propio y los peligros que hay en tales casos de ofender al ajeno...; porque es digno de notarse que en el calor de la discusión y a veces en el suave movimiento de una conversación tranquila, nos ocurren pensamientos que jamás se nos habían ofrecido, y las dificultades del adversario, las observaciones de un amigo, las dudas del indiferente y hasta las mismas necedades del ignorante, hacen descubrir «puntos de vista totalmente nuevos, que ensanchan e ilustran las cuestiones».

    Semejantes trayectos, medios y disposiciones son los que alumbran la razón humana para salir de la aporía o situación angustiosa de desorientación y a encontrar la clave auténtica de la «concordia», considerada por Cicerón el mejor y más apretado vínculo de la comunidad. Cuando los pueblos y ciudades son de un mismo parecer y escogen lo que creen convenir comunmente y lo ponen por obra, dicen que están concordes. Concordar es «resumirse en lo mismo», se ha venido afirmando desde Aristóteles. Y ¿hasta dónde cabrá intensificar el principio armónico sin desvanecer los contrapuntos en la estructura social? Hay un grado de unidad en que el Estado dejaría de existir, del mismo modo que una sinfonía se convierte en monotonía si desaparecen todos los contrastes, advertía el estagirita. El orden reduce a unidad la pluralidad, sentenciaba Santo Tomás, pero la «unidad» se mantiene con arreglo a la forma o especie de ese orden en «oficios distintos».

    Ahí, en eso nada menos, estaba el quid de la cuestión que en este punto consideramos retrospectivamente. Resolver esa incógnita de modo congruente con los factores de espacialidad y temporalidad procurando el asenso de pareceres prevalecientes en esta y aquella latitud de la geografía española, vocadas al mismo destino en el que hubieran de confluir las diversas personificaciones locales de acusada entidad cualificada por vernáculos caracteres formativos, psicológicos, culturales, era la gran proposición tantas veces intentada y otras tantas quebrada por las roturas de la amistad civil, salvaguardia del buen gobierno latu sensu, fruto, sustancialmente, de un estado de paz y armonía, esto es, de adaptación entre la organización pública y las ideaciones ciudadanas.

    Los snobismos o mimetismos de importación no habían de servir de panacea al enervamiento o la falta de pulso del país, cuando el riego sanguíneo apenas llegaba a la periferia de la nación y ésta se hallaba amenazada de congestión cerebral. ¿Europeísmo? Sí, pero español. Y, así, nótese bien, la españolía catalana del insigne poeta Maragall preguntaba a la crítica amarga de Giner cómo habríamos todos de auspiciar el engrandecimiento de la españolidad radical, clara y neta, sin olvidar que «el cielo sereno no es incoloro a nuestros ojos de hombres, sino azul», decía, y para reemplazar las rancias levaduras no bastaría divulgar «un ideal de vida» en los ambientes nacionales, aunque en aquel entonces no fuera desdeñable el propósito de ser fuerte como un inglés, sabio como un alemán, fino como un francés; puesto que tal finalidad sería letra muerta, si no iba ligada a un «ideal español».

    Esa transformación que, al margen de espejismos, se cifraba en rehacer desde dentro la España original, sustentada en las propias realidades y apta para ulteriores desarrollos, era enfocada de distinto modo aun por las ráfagas regeneracionistas, captadas primeramente por Silvela, en torno a la política circuida en el ámbito madrileño; poco después por la «Unión Nacional», como protesta levantada desde las provincias; luego, con las reconvenciones anticentralizadoras, abanderadas por Costa y Paraíso; más tarde, con fórmulas regionalistas, tipificadas por la «Solidaridad Catalana»; requerimientos de distinto sesgo, impulsados, en suma, por tendencias más o menos veladas de subvertir la desmedrada relación de la política gubernamental con la de las localidades.

    Voz representativa de los mejores y más equilibrados anhelos catalanes fue la de Rius y Taulet, sano adalid del municipalismo y precursor del urbanismo enraizados en las fértiles tierras de Barcelona, cuando ante el Parlamento defendía la «centralización política y la descentralización administrativa», de modo que los pueblos y provincias tuvieran vida propia, no mermara sus fuerzas la inactividad, ni hubieran de esperarlo todo del Estado, que mal podía atender a los entes locales rindiendo tributo al laissez faire, laissez passer; y así venía a concluir: alta inspección estatal respecto a las funciones de las Diputaciones y de los Ayuntamientos, con el objeto de que giren dentro de su órbita, mas no que la «inspección» se trueque en «absorción».

    La esclarecida mente de Maura pretendió, con singular denuedo, catalizar las reacciones dispares y «generar desde arriba la revolución» que desde abajo se intentaba, para robustecer los profundos cimientos en los cuales descansan las superestructuras de mayor grado y orden, merced al enjundioso proyecto de Reforma de la Administración local, auténtica Instituta por su trascendental dogmática y preceptiva, pero que no logró remontar el vuelo entre las incontables bandadas de enmiendas y rémoras partidistas, azuzadas por camarillas de oligarcas y toparcas.

    Solución española del caso catalán deparaba la inteligencia prócer de Cambó, en las Cortes de 1907, al comprender en la maurista dirección, de arriba a abajo, eclécticas vindicaciones, tan distantes, por tanto, del centrismo y del catalanismo a ultranza, cuyos turbios fermentos agitaban en contubernio inconfesable las izquierdas dinásticas y el lerrouxismo demagógico.

    Significó otro intento de coordinación el proyecto de Mancomunidades que había elaborado Canalejas, cuando fue muerto alevosamente, en 1912, y que en 1915 implantó, por Decreto, Dato, también asesinado, precisamente por tres pistoleros de conocida procedencia y garra internacional.

    En otra coyuntura, Cambó se vale de la Asamblea de parlamentarios para ofrecer nuevas orientaciones solucionadoras al Gobierno Nacional de 1918, del que era inspirador, mientras en Barcelona, dice Seco Serrano, abre guerra social el anarquismo, y escinde el bloque de la «Solidaridad» la «Esquerra» en una radical afirmación separatista, que pretende apoyarse desde entonces en un falaz entendimiento con la «C. N. T.» para trabar la mixtura de abigarrados elementos de la que, luego de trasponer el paréntesis de la Dictadura y una vez proclamada la II República, el 14 de abril de 1931, habría de surgir no ya la España renovada por la vigorosa y dinámica periferia, ni la ensayada por mancomunación municipal de regional alcance, ni siquiera la ecuánime de la conllevancia orteguiana, sino la abiertamente escisionada del Estatuto catalán de 1932, fruto inmaduro del pacto de San Sebastián, puesto por obra expeditivamente antes de su promulgación y cuyos mentores —que no la población sincera, sensata y apacible de los barceloneses— pretendieron dar a la Historia un retroceso de tres siglos, levantando insurgentemente fronteras borradas por el vital avance de un país admirable y de su propia historia.

    Hecha abstracción de ese descomunal desbordamiento que el torrente de las pasiones desatadas durante el régimen republicano propició, hay que reconocer que los movimientos municipales, provinciales o ultraprovinciales enfrentábanse con Madrid en cuanto sede de la política imperante y cabeza de un Estado solitario, incapaz de salir del cerco formado por su misma inhibición a infundir energías a las demarcaciones y lugares periféricos, amodorrados a la sombra del mandarinismo caciquil, única seudoorganización, por otra parte, virtualmente perceptible.

    Sin concordancia de los dirigentes no era posible enderezar el orden y la justicia social, maltrechos entre los bandos que se los disputaban con soflamas electorales cargadas de «antis» y acompañadas de tremendismos amenazadores de tenebrosa procedencia y captación. En vez de procurar la síntesis, ahondábase en la antítesis, sin que el centrismo ni el anticentrismo redujeran sus enconadas posiciones doctrinales, simple y recíprocamente demoledoras. Salvo excepciones de mesura, notábase en los climas periféricos un «localismo irritado que no sabe lo que quiere, que sólo sabe lo que no quiere», como advirtiera Ortega y Gasset; quien, para convertir el signo negativo en positivo, vislumbraba la redención de las provincias con un sincero abrazo de la realidad que trastocara el «provincianismo» en «provincialismo» integrado en un soberano nacionalismo, en una verdadera Nación, que no dejase nada fuera de sí misma, que tomara posesión de toda su interior riqueza. «España no es sólo Madrid, son también las provincias», subrayó en otra ocasión; y aun añadía que la unidad local no ha de limitarse a coincidir con lo que es la vida local, sino que ha de contar, muy esencialmente, con hacerla «capaz de empresas, de crecimientos, de magnificación», aludiendo certeramente a la gran comarca, dotada de posibilidades económicas, morales, sociales, susceptibles de vigorosas acciones e integradoras de una gigantesca fuerza nacional.

    II

    Afortunadamente, el esbozado pensamiento discurre por vías generosas. Depuestas las filias y las fobias en que se debatieran el supuesto hecho diferencial y la debilitada atracción unitiva, la «pacificación de los espíritus», otrora declamada altisonantemente sin que el desdén diera ocasión de entendimiento, tornó las aguas al cauce de la «humana comprensión», porque el Estado nuevo sustituyó inveteradas ausencias y relajamientos de los Gobiernos respecto a la vida local, y destacadamente a la barcelonesa, por frecuentes presencias y actuación constante, henchida de amorosa estimación y acogimiento ponderado, transformadores de añejas distensiones en apretados vínculos de palpitación estatal, provincial y supraprovincial, municipal y ultramunicipal.

    En esa franca evolución del sentido egocéntrico hacia el policéntrico florece la Barcelona actual, guiada, más que por transposiciones ideológicas atenidas a fórmulas históricas, de caracterización o idiosincrasia —aunque sin olvidarlas—, por los requerimientos de su admirable impulso magnificador, asentado de hecho en bases físicas, económicas y sociales, que son, sin duda, las que hoy dan fisonomía relevante a la biología de la gran Municipalidad metropolitana, categoría supradiferenciada digna de consideración y amparo a la extraordinaria urbe barcelonesa, antes y ahora, con el mayor decoro en su ufanía, Cap i casal de Catalunya.

    Pero nuestra ciudad capitalicia no es sólo una aglomeración industrial, comercial y laboral poderosísima; es tanto o más un centro generatriz de progreso espiritual y material, ya desprendido de las raquíticas introversiones limitativas de horizontes, y aprestado por convicción y entrega a los quehaceres inmediatos, pero no manos ni con menor aplicación a los problemas de rango nacional, por la razón palmaria de que resulta difícil distribuir unos y otros en compartimientos estancos, cuando las necesidades se confunden y las competencias han de ejercerse coordinadamente en apretado esfuerzo común.

    Bajo otro prisma, las circunstancias afectantes a la industria y el comercio, al trabajo, al transporte, a la cultura y a! confort, al nivel de vida, a las relaciones públicas y a las corrientes turísticas, Incrementan con incesante ritmo la atracción de las masas hacia Barcelona, y por eso la población extravasa el continente territorial de la ciudad, se desparrama y cobija en su zona de influencia, forma de facto lo que los municipalistas ingleses denominan conurbation.

    Imponíase, pues, por los motivos indicados, el metódico descongestionamiento y la reordenación del espacio vital, a la vez que la de los servicios que irradian del área metropolitana y rebasan los meros confines del término municipal, substratum o soporte notoriamente angosto para los moradores, que se acercan a los dos millones de hecho, con tendencia al aumento vegetativo y al flotante.

    Ante el fenómeno conurbanístico y para procurar las soluciones flexibles que el trance evolutivo recaba y las demás que guardan conexión con los principios de autarquía inspiradores de las Cartas municipales, estableció el Gobierno por Decreto de 23 de mayo de 1960 un Régimen especial para el Municipio de Barcelona, primero de los dos otorgados hasta ahora, en cuya parte orgánica subyacen remembranzas de pretéritas instituciones atemperadas a las dogmáticas modernas, mientras respecto a la parte económica se arbitran medios acompasados al desarrollo de la ciudad, con miras a incrementar los recursos sin demasía de presión fiscal ni exoneración tributaria de ciertas manifestaciones de riqueza, esto es, de modo que sea cumplidero el postulado de la «justicia distributiva», según nominación agustiniana, o de «justo repartimiento de cargas», según la balmesiana admonición, y pueda el Municipio alcanzar los altos y expansivos fines asumidos y las aspiraciones ideales latentes en la ejemplar comunidad barcelonesa.

    La actividad planificadora municipal en pleno auge, como muestran las anexas referencias, se extiende y beneficia a las Entidades locales de su próximo influjo, sin implicar criterio absorcionista, merced a la unidad de la proyección urbanística comprensiva de esa amplia zona circundante y encomendada a la Comisión de Urbanismo de Barcelona, con representación de los Departamentos estatales llamados a complementar la acción del Municipiocapital y funciones ejecutivas sobre los elementos comunes de la comarca.

    Claro es que esa comunidad de elementos comarcales tiene que referirse no sólo a los que se vienen considerando netamente urbanísticos, con ser éstos de principal importancia, sino también a otros muchos de naturaleza primaria, tales como los concernientes a la agricultura, ganadería, pesca y minería, a la industria, comercio y turismo, a la población activa y sus tendencias de distribución, atendiendo a las categorías profesionales, a los niveles económicos, renta personal y consumo, etc.
    No será, pues, la gran comarca avizorada nada que pueda equipararse al proclive individualismo localista, con tendencia centrífuga o de aislamiento, obstáculo evidente a la acción plena y concertada de los demás impulsos dimanados de otros ámbitos u órbitas actuales o de los que, en lo sucesivo, fueren susceptibles de ensayo o montaje.

    Ni tampoco habrá de prefigurarse la magnificación de la Ciudad Condal a semejanza de un poderoso leviatán dominador de las áreas metropolitanas en torno. Eje, atalaya de éstas, sí ha de ser cabalmente la Barcelona engrandecida en cuanto afecta a los aspectos apuntados: el urbanístico, el económico, el social, con relevancia máxima, para coordinarlos entre sí y armonizarlos en virtud de la clave irradiante de la sin par metrópoli barcelonesa.

    Por esas vías interpretativas se reconduce claramente la inserción y el empuje de Barcelona y su comarca en el «Plan de Desarrollo Económico y Social», donde aparecen las Corporaciones locales llamadas no sólo al cumplimiento de los cometidos específicos que la legislación les reconoce y amplía, sino también a las tareas de colaboración que el Estado procura a las provincias, como unidades políticoadministrativas, y a los Municipios, en su concepto de comunidades vecinales genuinas, mediante interacciones favorecedoras del desarrollo regional, aprovechando los distintos recursos naturales y humanos de las diversas zonas, promoviendo nuevas actividades productivas o la reforma de las existentes, y contribuyendo así a aumentar el equilibrio económicosocial de todas las tierras españolas.

    De suerte que tal orden de cooperación recíproca del Estado y las Entidades locales, que implica, desde luego, reacomodación de relaciones entre aquél y éstas, fomenta el desenvolvimiento de la gran comarca o de cualquier otro tipo regional, el cual se nos presenta, según la estimativa de López Rodó, en sus justos límites, porque ha perdido la nociva «carga política» y cobrado «contenido socioeconómico», y no puede, por tanto, tener otra meta que la más perfecta integración en el conjunto de la vida nacional; sin perjuicio, como resulta obvio en nuestro caso o en otros similares, de aquella autonomía necesaria para alcanzar los elevados y trascendentes fines competentes a las futuras perspectivas de la magna y compleja administración local de Barcelona, vocada siempre, y ahora más, hacia la prestación de servicios de alcance comarcal incontenible, a la manera de gigantesco árbol secular, cuyas profundas raíces extienden su savia generosa y cuyas ampulosas ramas dan sombra protectora a los Municipios circundantes.

    Estamos, ciertamente, ante una sustancial transformación del Derecho municipal o, más bien, del Derecho de Entidades locales, derivada de las evoluciones sociológicas y técnicas que imprimen asombroso avance al mundo entero. El Estado, que históricamente se funda en las municipalidades, las integra en su seno, las impulsa y preside su actuación, ha de fortalecer los núcleos locales que entrañan su propia naturaleza y armonizar la «variedad» multiforme de aquéllos con la «unidad» vigorosa y vigorizante que representa su institución suprema.

    Se trata de un criterio de valores, que hace del centro punto de referencia para mantener la unidad social que no es, dice Ruiz del Castillo, unidad «simple», sino «compuesta», por lo que el Municipio autónomo, correlativo a una etapa necesaria hacia esa unidad, determina en parte el resultado y, aunque adquiera una situación subordinada, continuará influyendo en la unidad superior y al mismo tiempo la reflejará. Por otra vertiente, y aplicando al postulado autonómico municipal de nuestra hora el «principio de subsidiariedad» que enseña el moderno Pontificado, colegiremos cómo en la Mater et Magistra, lejos de predicar el puro y simple abstencionismo del Estado, se afirma su intervención en el ámbito de la competencia de las sociedades inferiores, enderezada, eso sí, a prestarles el conveniente auxilio o subsidium, sin pretender absorber sus actividades ni sustituir sus legítimas atribuciones más allá de lo que realmente exija el bien común, pero estimulándolas y amparando sus iniciativas con la mayor amplitud posible, de suerte que los entes y organismos intermedios gocen de cierta autonomía efectiva en su esfera de acción, respecto de los poderes públicos, por virtud de una descentralización estructural y funcional.

    Autonomicidad de gestión administrativa sin menoscabo de la integración política. ¿No es esta la doctrina clásica, ortodoxa, que a lo largo del tiempo venimos profesando los municipalistas españoles en cualquier latitud territorial, incluida la noble, sana y avanzada demarcación barcelonesa? Ya advertía el Código social de Malinas que «en ningún caso debe proceder el Poder central como si él sólo fuese el Estado, que es la nación organizada con todas las fuerzas vivas que la constituyen». El Estatuto de Calvo Sotelo proclamaba la autonomía basada en el respeto a la realidad social de convivencia de la que es paradigma el Municipio, anterior al Estado y a la Ley que lo reconoce con plena personalidad y capacidad jurídica integral en todos los órdenes del Derecho y de la vida, por lo cual ha de limitarse a ampararlo en función adjetiva, de subsidiariedad, diríamos ahora. El Régimen local promulgado a la par del Fuero de los Españoles, el 17 de julio de 1945, recoge y acentúa en muchos aspectos los apuntados ingredientes autonómicos, apoyados en ios imperativos categóricos cristianos, tradicionales entre nosotros, de personalidad, peculiaridad y ejercicio de amplia competencia, incluso con las formas de gestión de los servicios municipalizados o provincial izados, y por órganos propios de carácter representativo de las Entidades locales, dando paso al sistema de Carta, después desarrollado, que entronca con las más rancias y recias libertades concejiles y significa a la vez el máximo avance del municipalismo moderno, apto, principalmente, para dotar de especial régimen a Municipios como el de Barcelona, con ansias de superación, aspiraciones a una vida más elevada y progresiva e inmerso en la agudísima necesidad, antes descrita, de extender la prestación y administración de sus servicios a municipalidades que, sin perder su autonomicidad correspondiente ni acudir a los tipos asociativos de Agrupación forzosa o Mancomunidad voluntaria, entran en el acogimiento de la ciudadcabeza, devienen extramodum al Municipio compuesto o comarcal barcelonés, reverberando así, en su gestación, el fenómeno típico de la ciudad griega denominado mêtrôcomía y synecismo.

    III

    ¿Qué hay en la ciudad moderna de quanta fuit la antigua Barcelona? Esta atrevida interrogante que ineluctablemente nos acucia, implica el grave riesgo de un planteamiento retroverso en el que, por razón de método, de circunstancia y de especialidad, no nos es dado entrar cuando la empresa ha sido ya culminada por la historiografía, gracias a los esfuerzos de nuestros investigadores catalanes, principalmente, de los demás españoles y de los historiadores en general, quienes ofrecen abundante y selecta bibliografía nutrida de estudios monográficos.

    No obstante, a los propósitos elementalmente informativos que en este aspecto se requieren, bastará remitirnos a las publicaciones histéricoturísticas, de carácter divulgador, pero avaladas por el Instituto y el Museo municipales de Historia y por las instituciones provinciales de Cultura, para recordar, en raudo y fugaz vuelo sobre las cumbres del pasado y al hilo de la propia entrevisión, cómo el sencillo poblado ibérico Barkeno perduró latinizado en el que Pomponio Mela denominara parvum oppidum, en el siglo I, que pronto se convirtió en la que Plinio cita Colonia Barcino cognomine Faventia, la cual ganó los sobrenombres de Julia, Augusta y Pía, Patricia o Paterna, según las más recientes interpretaciones lapidarias.

    Tras de haber padecido las invasiones de bandas de filiación germánica en el curso de los movimientos de pueblos en el siglo III, fue amurallado todo el recinto de la vieja ciudad romana, pequeño núcleo luego de la ciudad medieval que llegó a ser, al desaparecer aquellas formidables e inmensas fortificaciones, el corazón de la urbe moderna. Sede preclara del Cristianismo, Corte notable de los godos, que otorga con Eurico el Código de Tolosa, sojuzgada de los árabes, mas demasiado noble para dejarse esclavizar enteramente (major suum et ad majora genitus quam ut mancipium sin me¡ corporis), avanzadilla de la reconquista catalana desde el año 803 en que Ludovico Pío la devolvió a la Cristiandad, bajo los Condes empezó la ciudad una época de poderío que, cuando el último de aquellos privativos, Ramón Berenguer IV, señor de todo él Principado, dueño del mar vecino, logró unir Cataluña y Aragón por su matrimonio con doña Petronila, adquirió inusitado empuje en pocos años, estableciendo relaciones mercantiles con Marsella, Génova, Venecia, Nápoles y las ciudades principales de Turquía y Grecia, mientras el Llibre del Consolat de Mar servía de patrón a las demás legislaciones marítimas.

    Aunque fuentes originarias procedan de más lejos, los Usatges de Barcelona, primera cristalización legislativa en el país y primer código feudal escrito de Europa, arrancan realmente del período subsiguiente al derrumbamiento de la Monarquía visigoda y recogen disposiciones dadas en épocas distintas e incorporadas al primitivo núcleo hasta adoptar forma definitiva en las Constitucions de Catalunya. Redactados por notables juristas, principalmente por el escribano Pons Bonfill March, al parecer fueron compilados inicialmente por el juez eclesiástico de Vich, Guillem Borrell, poco después de la muerte de Ramón Berenguer I, quien inaugura la serie de los grandes soberanos de Cataluña, impulsa la expansión hacia las zonas sarracenas, que le valió el sobrenombre de «apoderador d'Espanya»; influye en las incorporaciones territoriales al sur de Francia, procura el apaciguamiento de los magnates frente al poder público y acentúa la política de «paz y justicia» de la Casa Condal.

    El rey Jaime I, conquistador de Mallorca y Valencia, brilla con máximo esplendor en los anales de la organización municipal de Barcelona, por haber esbozado, primero, y establecido después, sustancialmente, en virtud de los privilegios de 1257 a 1274, el armazón de nuestra bien fundada y fuerte municipalidad, entonces universitas, donde el común de ciudadanos o prohoms agrupábase en la asamblea general, representada por el Consell de Cent, y convocada muy especialmente para vísperas fijas o deliberaciones graves, y los cinc consellers, fundamentales órganos elegidos de entre aquéllos y como ellos por mandato anual, representaban al Consell, asistían y asesoraban a los oficiales o delegados de la autoridad regia: el Veguer, especie de vizconde, que asumía en el territorio condal funciones vicariales de orden gubernativo y judicial, y el Batlle, nombrado por el soberano para atender cometidos de carácter económico, principalmente, o algunos otros también gubernativos y judiciales de menor importancia.
    Confirmando estas disposiciones y acogiendo las reiteradas súplicas de la Universidad por mediación de sus prohombres, el hijo de Jaime I, Pedro II el Grande, dispensaba a Barcelona 44 nuevos capítulos privilegíales y promulgaba, en suma, el famoso estatuto jurídico de 1283, denominado Recognoverunt Proceres, con el que el régimen local así trabado, a fines del siglo XIII, habría de perdurar virtualmente casi todo el resto de la época medieval, salvo ligeras alteraciones.

    Introdujo Pedro III, en 1386, la reforma de designar por sí mismo los consellers. Su sucesor, Juan I, volvió al antiguo método de elección y aumentó el número de componentes del Consejo de Ciento, con predominio de la aristocracia, lo que hubo de producir, en los comienzos del siglo XV, agitaciones populares que, a pesar de haber sido sofocadas, continuaron latentes casi hasta 1455, en que volvióse al sistema electoral establecido en los privilegios de Jaime I y Juan II, y, lo que fue más importante, empezaron a intervenir los gremios, con la propuesta de algunos elementos del artesanado para formar parte del Consell de Cent.

    Cuando Fernando el Católico advino a Barcelona en 1492, después de la conquista de Granada y del descubrimiento de América, suspendió el Consejo de Ciento y designó directamente sus nuevos consellers, reduciendo en ese y otros aspectos las libertades salvaguardadas hasta entonces, que prosiguieron zozobrando a merced de alternativas influencias de los ciudadanos, caballeros y milites, sobre el estamento popular y hubieron de vencerse luego abiertamente en favor de la nobleza.

    Después de 1517, en que llegó a España Carlos I, fue Barcelona, bajo su reinado, breve Corte imperial, pero inicióse la decadencia del gobierno municipal, que se hizo muy notoria en el siglo XVII, cuando los magistrados parecían más atentos a los honores que a la prosperidad de la ciudad, y ésta hubo de quebrantarse por luchas interiores y exteriores, hasta que sus privilegios perecieron en 1714, con motivo de la Guerra de Sucesión y en defensa de la Casa de Austria, al ser incorporada la organización barcelonesa a la administración general para todo el reino.

    La inmarchitable Barcelona supo renacer, y al final del siglo XVIII consiguió un período de brillantísimo florecimiento en todas las facetas de su vida: la espiritual y la económica, la erudita y la artística, la industrial y la comercial, sin que más adelante se truncara esa próspera trayectoria ni aun por la ocupación francesa, dramática, pero fugaz, pues la Ciudad Condal, impulsora de todas las ideas de progreso desde mediados del siglo XIX, rebasó la circundación de sus murallas en 1852, se extendió hacia el llano y en poco más de medio siglo decuplicó el censo de sus habitantes, colocó el puerto a la altura de los mejores del Mediterráneo y alineóse entre las primeras ciudades de Europa.

    La aprobación en 1859 del Plan de Ensanche, de Ildefonso Cerdá, una vez derribado el cinturón murario, el gran impulso de la Exposición Universal de 1888, inaugurada por la Reina Regente, Doña María Cristina, en compañía de su hijo Alfonso XIII, de dos años, y el Gobierno de Sagasta en pleno, a la cual seguiría la Exposición Internacional de 1929, promovida por el general Primo de Rivera, la Feria anual de Muestras, ya organizada permanentemente, pueden tomarse como hitos del caminar barcelonés hasta nuestros días, entre tantos aconteceres novedosos y al paso de una creciente industrialización y potencia económica.

    IV

    ¿Flotará todavía la pregunta de qué es lo que hoy queda en la ciudad cosmopolita y sus aledaños de cuanto fue la Barcelona de las épocas reseñadas? ¿Parece indispensable contestarla de algún modo aun a trueque de aventurar lacónica respuesta sujeta a los deslices interpretativos, en los que suele incurrir hasta el observador de más sagacidad? Para curarnos en salud, válganos de descargo al desvarío esta rima del «Cancionero barcelonés», de Boscán:

    A tanto disimular
    ya falta cualquier desculpa;
    si fuere vergüença hablar,
    sepan todos que más culpa
    fuera el danyo de callar.


    Así amparados por esa actitud, podremos esbozar al menos algunos exponentes de rica tradición que ofrece la Barcelona actual: en el aspecto físico o material, y sin entrar en la composición viaria de la urbe, una serie incalculable de testimonios monumentales, museísticos y archivísticos perfectamente conservados o restauradas las obras en lo menester y acrecido todo ello con reverencia y mimo insuperables, incluso los descubrimientos constantes del subsuelo arqueológico; en cuanto a formación jurídica, el hondo y enterizo sedimento de los usos, costumbres, privilegios, instituciones y constituciones, modelo de sabiduría y prudencia, hontanares del Derecho local, venerados por las generaciones de un pueblo hecho de secular, intensa y agitada historia a la que no puede ni debe renunciar, como cualquier otro, porque tiene «conciencia de eternidad y de modernidad en plenitud de conciencia histórica», como quería José Antonio; en el orden cultural, mercantil y psicológico, lengua y literatura, artes, economía de tierra y mar, canción y ritmo, estilos de pretéritos convivires familiares y transfamiliares traducidos en rasgos de emotivo fondo y práctica solución, «pies en tierra», que aflora en el seny catalán, captado por Pemán al través de Lloréns y Maragall como raciocinio superado por un penacho de intuición, argumento de lógica mediterránea o luliana, no apodíctico, cerradamente racional y necesario, sino de congruencia redondeada por la fe, que piensa y dice según conviene mejor a la perfección natural de las cosas.

    Todas esas supervivencias y muchísimas otras, por supuesto, forman en la moderna Urbs como el cortejo íntimo y a la vez decoroso y ornamental, perceptible o tangible, del cual sólo podremos evocar unos cuantos ejemplos testimoníales o simbólicos en torno a algunos de los aspectos esbozados.

    Como tales tenemos los muros y las torres recobrados del antiguo perímetro romano; la catedral gótica, de traza sobria y elegante, sepulcros y tesoros de pintura; el Barrio Gótico, en el que destacan, junto a la plaza del Rey, el majestuoso salón del Palacio Real Mayor y su preciosa capilla de Santa Agueda, el palacio de los Virreyes, y en los alrededores de la plaza de San Jaime, corazón de la ciudad antigua y de la actualizada, la iglesia de los santos Justo y Pastor, a la que atribuyera Ludovico Pío los privilegios de juramento para combate y para elevar a testamento sacramental las disposiciones verbales; los vestigios monumentales del templo romano de Augusto; la Casa sede de la ciudad, con su Salón de Ciento, y el Palacio de la Diputación, con su Salón Dorado.

    Colecciones excepcionales son las de pintura mural románica y de pintura gótica sobre tabla, expuestas en el Palacio Nacional de Montjuich; las series contenidas en el Museo Arqueológico, procedentes de excavaciones en Baleares y Ampurias; la selección de vastas colecciones de cerámica, admirables vidrios barceloneses del siglo XVI, tejidos y bordados, orfebrería, muebles, reunidos por el Museo de Artes Decorativas en el Palacio de la Virreina, que atesora la Rambla; bajo las naves medievales de las Reales Atarazanas, el gran Museo Marítimo; en el que fue Palacio Real, las colecciones de arte antiguo, y las series escultóricas y curiosidades románticas del Museo Marés; en el pintoresco recinto del «Pueblo Español», de Montjuich, el Museo de Industrias y Artes Populares; también en la misma montaña el Museo Etnológico; en el Parque de la Ciudadela, el Museo de Arte Moderno, resumen perfecto del arte catalán; en Pedralbes, las pinturas trecentistas que constituyen un pequeño museo pictórico medieval; en el Conservatorio Municipal de Música, la rarísima colección de instrumentos antiguos; y el Museo de Historia, y el Archivo Histórico de la Ciudad, y el Archivo de la Corona de Aragón y la Biblioteca Central de la Diputación.

    Recordemos, entre los privilegios, las pragmáticas de Jaime I prohibiendo, en 1241, a ios veguers de otros territorios que demandasen a los ciudadanos barceloneses, con la reserva de esta facultad únicamente al Bayle o Batlle de Barcelona, y disponiendo, en 1261, que el Veguer de la propia ciudad siguiese el parecer de los consellers, salvo mandato real; la potestad de Ordenanzas, reforzada por Jaime II de Aragón, hasta el punto de aprobar, en 1315, las que al Consell le permitían emprender acciones navales con armada de guerra y exención de toda autoridad e inspección del Almirantazgo; de reconocer, en 1319, a los prohoms y consellers el derecho de imponer penas corporales, inclusive la de muerte, en las Ordenanzas civiles y crimínales que formase para observancia en la ciudad y su término, que comprendía desde Mongat hasta Castelldefels y desde Moncada, Collcerola y Vallvidrera a Molíns de Rey, siguiendo el Llobregat hasta doce leguas mar adentro.

    En el mantenimiento del fuero, del respeto a la competencia municipal y a la igualdad ante la Ley, es de conocimiento popular admirativo la figura del bien plantado conseller Joan Fivaller, que en 1416 comparece ante Fernando I el de Antequera, con motivo del llamado «conflicto de los carniceros», a sostener la autonomía de la hacienda local, sin exención, ni para el rey, de los arbitrios a que estaba sujeto quienquiera que adquiriese ciertas viandas en los mercados públicos. «Porque la monstruosidad de ser rey y tributario de sus vasallos —juzga el monarca, según la narración extraída de Jerónimo Zurita—, no menos los afea a ellos que me desconsuela a mí. No se hallará rey en el mundo pechero de su república, ni otra ciudad, sino Barcelona, cobra gabelas de su príncipe.» Seguido de los otros cuatro consellers del regiment, y tan dispuesto a todo que hizo antes testamento por si había de morir con sus compañeros en defensa de la libertad, el honor y el aumento de la Patria, replica Fivaller: «No debéis, señor, poner tan presto en olvido el juramento de guardar nuestras constituciones. Vuestros antecesores tan buenos fueron como vos. ¿Qué razón hay para no imitarlos o para condenar su ejemplo a costa de vuestra verdad y fe? Como fieles os servimos, cuidadosos de vuestra reputación y del sosiego de los súbditos, de los cuales recibisteis el ser rey, con el contrato y condición de la guarda de sus leyes y costumbres. Y ellas han dispuesto y obtenido que el tributo no sea del rey, sino de la república.» Y cuando el mayordomo real, acercándose al conseller, le pregunta: «¿Sois vos Juan Fivaller?», éste responde: «Soy Barcelona».

    Ciudad privilegiada antaño, de especial Carta ahora, custodia Barcelona en nuestro Archivo el Llibre Vert, registro auténtico oficial de principales privilegios recopilados por acuerdo de los consellers, también llamado «Usatges de Ferrer» por el apellido del fedatario que transcribió de otro libro las franquesas continuadas en el Verde, y con éste en la mesa donde está el crucifijo, mano derecha sobre los Evangelios, siguen los concejales pronunciando, al entrar en el cargo, la fórmula ritual del juramento.

    Como Liber ritualis puede considerarse el contenido en las «Rúbriques de Bruniquer», bajo el título de Ceremonial dels Consellers y Regiment de la Ciutat de Barcelona, donde el cronista ilustre muestra las preeminencias, honras, precedencias y demás prerrogativas que se les fueron otorgando, verbi gratia, la de 1508, que les da a los miembros del Consell el tratamiento de «magníficos», y la de 1632, que les autoriza a «cubrirse» incluso ante el rey, y luego también en la iglesia.

    Vernáculas costumbres y celebraciones, saberes, decires, indumentos y modos derivados de remotas épocas, giros diversos que han de sobreentenderse en el puro concepto y amplia manifestación del folklore o tipismo tradicional, acuden suavemente al hilo del recuerdo: las cabalgatas, brillante la de los Reyes Magos, de ofrenda a San Antón, sobre caballos bien enjaezados, la de los Tres Tombs; el inefable juego de l'ou com balla, en el surtidor de los claustros catedralicios; los tiernos belenes y la solemne bendición de las palmas; las alegres romerías y caramelles; la refulgente procesión del Corpus Christi, hervor de muchedumbre, gala y pompa religiosa, transporte jamás interrumpido de la Sagrada Eucaristía en las andas y andares barceloneses de más de seis siglos; la festividad de la Purísima Concepción, venerada mucho antes de su proclamación dogmática; la fiesta de San Jorge, patrón de Cataluña, con la feria de rosas en el patio de la antigua Generalitat; las grandes, polifacéticas, deslumbradores fiestas de la Virgen de la Merced, copatrona con Santa Eulalia de la ciudad; las ardientes y jubilosas verbenas de San Juan y San Pedro; el dominguero navegar en «golondrina» desde el embarcadero del puerto, que otea en actitud hierática Colón, perdida la mirada en el claro horizonte del Mare Nostrum y como respaldado por los vetustos muros del salón del Tinell, donde rindiera a los Reyes Católicos, también acompañados por los consellers, cuenta y razón asombrosas del colosal Descubrimiento; el mercado de flores, colorista y zumbón, de las Ramblas, que tienen aire y sabor marino en la mañana, ecos de ópera en la noche, cuando en el Gran Teatro del Liceo se cultiva acaso la más encendida tradición barcelonesa, mientras el Paralelo bullicioso da rienda suelta a variedad de espectáculos y diversiones frivolas; los matizados alicientes de las Rondas, herederas del primitivo camino que recorría la antigua muralla, divisorias de la vieja y la nueva ciudad, que nacen en el paseo de San Juan e incluyen el mercado de San Antonio y el de los Encants, concurridísimos por los compradores de libros, sellos, monedas y objetos usados; Ramblas arriba, la de Cataluña, como tirando de los caracteres de las otras para que no se diluyan, los renueva y transforma y empalma hasta la espléndida Diagonal —eje de la gran capital barcelonesa y espina dorsal de los lados de mar y de montaña, titulada «avenida del Generalísimo Franco», a lo largo de sus 7.745 metros—, con el magnífico y riente paseo de Gracia, donde parece que las barriadas bajas se entonan con los barrios altos de aspecto residencial —Pedralbes, Sarriá, la Bonanova, San Gervasio, la parte principal del de Gracia, más lejos el de Horta— y la vida social reviste el señorío precedente de señorío comercial, y se dan cita en los edificios el regusto germánico medievalista de Puig y Cadafalch y el modernismo de Gaudí, desposado con la naturaleza exuberante en el parque Güell y transfigurado en la maravillosa creación estética del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, cuyas agujas recuerdan la morfología geológica de los picachos de Montserrat, gnomos gigantes de afiladas puntas, entre los cuales situó Wagner su «Parsifal», hizo su confesión general, en el siglo XVI, San Ignacio de Loyola y entona Barcelona y Cataluña entera la vespertina salve, por la mejor Escolanía, y al unísono de voces enfervorizadas, el emotivo Virolai a la Virgen «Moreneta»: Rosa d'abril...

    Y, en fin, como envolviendo todo eso y cuanto más escapa a la prisión de las palabras, pero que está en la realidad, en el pensamiento y en la esencia, los Coros de Clavé, escuela impar de cooperación social impresionante por la que las agrupaciones compuestas de artesanos y obreros que laboran en el campo, el taller o la fábrica, cantan luego sus sentimientos y sus glorias, ensanchan el corazón y elevan el alma; mientras los corros ensartados por dansaires de cualesquiera edades, indumentos o linajes, rinden su culto rítmico, elegante y ritual a la sardana, con renovado sentido de fraternidad y solidaridad, y la cobla lanza con la tenora sus melodiosos sones, muchas veces cruzados por la fantástica pirotecnia en la altura del cielo, donde los ecos de músicas y cantos se funden con estelas de cohetes y carcasas, incienso de parroquias, humo de fábricas, formando entrelazados rizos en los que se percibe la paz alegre, orante y laboriosa, con la que las familias de barrios y distritos, que son la entraña viva y el tisú conjuntivo de Barcelona, ofrendan la firmeza de esa trilogía, hecha de puras tradiciones, al hogar unidor, grande y libre de la Patria.

    V

    Post nubila Phoebus. Como tras la tormenta el sol, esta era de paz, renovadora de estructuras y de mentalidades, cataliza viejos anhelos de los barceloneses —cesión a la ciudad del castillo de Montjuich, Carta especial al Municipio, compilación del Derecho civil catalán— y da pábulo a una serie de realizaciones coetáneas de obras y ramas de servicios públicos provinciales, municipales y comarcales de toda índole, tan vasta e importante, que fuera vano empeño pretender ni siquiera la enunciación concreta y detallada de lo hecho y logrado durante los veinticinco años pacíficos desde, en o por el Gobierno Civil, con la asistencia de las demás Delegaciones de los Departamentos ministeriales respectivos; por la Diputación Provincial, con su cooperación intensa a los ¡309! Municipios que tiene a su cuidado, o en colaboración con ellos respecto a construcción y conservación de caminos y vías locales y comarcales, protección de la agricultura, establecimientos de beneficencia, difusión de la cultura, Institutos de Ciencias sociales y del Teatro; por el Ayuntamiento de la capital, con sus propios recursos y, en algunos sectores de su actividad, con ayudas estatales, en punto a los accesos, Metros y transportes de superficie, viviendas, construcciones escolares y Ciudad universitaria, templos parroquiales, parques y jardines, zoo, instalaciones sanitarias, asistenciales y deportivas, nuevo abastecimiento de aguas, mataderos y mercados, urbanización, pavimentaciones, alcantarillado y saneamiento en general, alumbrado público, juegos de agua e iluminaciones decorativas, paseo marítimo, conjuntos monumentales y protección de paisajes, monumentos y edificios históricos, excavaciones, Bellas Artes, museos y archivos, Feria Oficial e Internacional de Muestras, fomento del turismo...

    De la Maresma, el Vallés, Plana de Vich, Bergadá, Llano de Bages, Cuenca del Anoya, el Panadés, Garraf, Bajo Llobregat, hasta el Llano de Barcelona, ¡cuánto se hubo de rescatar de las devastaciones padecidas, de los valores hollados por la vesania, del tiempo que se fue en discordias y luchas que el Ebro decidió!; ¡cuánto se ha mejorado en lo que había y cuánto se ha hecho ex novo con el esfuerzo unánime de nuestras colectividades locales, sus órganos de gobierno y administración secundados por los estamentos, sindicatos, asociaciones de vecinos y los altos auspicios de las autoridades eclesiásticas, militares y civiles!

    Y sin romper, ni mucho menos, con la tradición, sino apoyándose en ella y lanzándola al porvenir. Poniendo «pies en tierra», sí, mas no a lo Sancho, porque el Quijote anda suelto en la imaginación barcelonesa, que tiene soplos de adivinación hasta del suelo abajo y vuelos de fantasía del suelo al infinito.

    Así el Ayuntamiento descubre un día, en las metódicas excavaciones que vienen completando la historia de la antigua Barcino, una cabeza marmórea del Emperador Antonino Pío (138141), y más recientemente, tallado en un sillar de piedra enorme, un gigantesco «atlante» que retrotrae las investigaciones a la civilización griega y, ya puestos en ella, a los arcanos mundos de la mitología ciclópea; y otro día se estrena en el Gran Teatro del Liceo la estupenda cantata «Atlántida», de Falla, terminada por Halffter, compuesta sobre el magno poema de Verdaguer, desarrollo majestuoso de aquel esbozo en verso alejandrino que Mossén Cinto presentara a los Jochs florals de 1868 bajo el título inicial de L'Espanya naixent, como si el estro poético vislumbrara entre leyendas y utopías —acaso el «Critias o la Atlántida» de Platón, las «Metamorphoseon» de Ovidio, «La nueva Atlántida» de Bacon, «Os Lusíadas» de Camoens—, lanzado su imaginar volcánico desde las olas que bañan tierras barcelonesas hasta las que besan las maravillas de las Islas Afortunadas, los misteriosos albores de Hispania, su resurgir o renacer de cualquier cataclismo geológico, de cualquier conmoción o embate humano.

    De lo que ha sido y es, de lo que ha hecho y hace, ¿está orgullosa Barcelona?

    El traído y llevado orgullo barcelonés viene a ser en sustancia una especie de legítima herencia que no se dilapida y se acrece con el trabajo, el cual ensancha en todos los aspectos de la vida los peculios materiales y morales, y comporta la santa insatisfacción de cada día respecto a las tareas individuales, a las colectivas y a las de los dirigentes de la comunidad, movido todo ello por una tesonera entrega y un estímulo de superación. Si eso es orgullo, cuando a los hombres de Barcelona se les pregunte si están orgullosos de sus antecesores, de sí mismos, de su conducta y de su obra en general, creemos que tendrán gran acopio de razones para responder como el castizo madrileño: «Sí; porque se puede.»

    ¿Por qué se puede? Además de lo dicho, o apenas insinuado hasta aquí, oigamos al barcelonés de hoy por boca o pluma de otros que hallamos al azar y lo dijeron antes.

    Barcelona, insigne capital de nuestro Principado de Cataluña, proclamaba Fernando el Católico, desde un principio recibió su auge y aumento del arte mercantil, y por medio de éste creció tanto, que por todas partes del mundo fue nombrada como «eminente y principal».

    Barcelona ha tenido en todos los tiempos, escribía Coroleu, el «orgullo de marchar a la vanguardia en la senda del progreso nacional», aun en medio de las guerras civiles, pronunciamientos y alborotos, y la incesante actividad de sus hijos, su espíritu de iniciativa y de asociación han realizado «verdaderos prodigios».

    Realmente, Barcelona es la primera ciudad de España que establece seguros marítimos y construye buques de gran porte en la Edad Media, sin más rival que las repúblicas italianas, pues los que botaba en 1331 desplazaban 2.000 toneladas; forma en el siglo XIII las ordenanzas de sus gremios, modelo de equidad y armonización del derecho con la justicia; inaugura en 1401 el primer Banco de cambio de Europa; es la primera ciudad española que funde, en el siglo XV, cañones de grueso calibre; lanza, en 1543, los primeros ensayos para aplicar a los barcos el movimiento por medio de vapor; es la primera que conoció el alumbrado por gas y electricidad hacia 1824 y 1847, respectivamente; construye, en 1832, los primeros talleres de fundición de hierro; fleta, en 1834, el primer buque de vapor, llamado el «Balear», destinado al transporte de viajeros y mercancías desde Marsella a Mallorca, y de allí a Barcelona; la primera máquina de vapor que funcionó en España fue fabricada el año 1838 en la Ciudad Condal; en 1818 se había organizado ya en Barcelona el primer servicio de cochesdiligencias para viajeros; en 28 de octubre de 1848 se inauguró en Barcelona, con el trayecto hasta Mataró, la primera línea férrea de España; el 28 de junio de 1859 fue botado, junto al muelle de la Barceloneta, el primer barco, «Ictíneo», ideado por Monturiol para la navegación submarina; en fin, la Promoción turística que hoy enaltece y pregona a los cuatro vientos del orbe cuantos valores atesora España, tiene sus más antiguos precedentes en las disposiciones adoptadas por los magníficos y honorables consellers cuando, en el mes de enero de 1440, dispusieron un completo catálogo de las noblezas, méritos, clima, tradiciones, bibliotecas, alimentos, bebidas y otros efectos, Banco de cambio, festejos, danzas, coplas de músicos, exposiciones de tiendas, oficios y ferias, visitas a edificios de la ciudad, recibimiento de viajeros ilustres y hasta guías comentadores para acompañar a los visitantes de Barcelona y sus parajes comarcanos; y ya en la época contemporánea se reunió en el salón del nuevo Consistorio la primera «Asamblea de la Federación Española de Sindicatos de Iniciativa y Turismo», suscitada por la Asociación barcelonesa de «Atracción de Forasteros»; mas luego, la primera ciudad que construye por sí sola un Teatro Griego y un Palacio Municipal de Deportes y alcanza primacía en la Fiesta nacional de la tauromaquia.

    Siéntese vivamente impresionado Rubén Darío por la personalidad del estamento popular cuando observa que, al discurrir por la Rambla, denota, por su paso y su gesto, hallarse en posesión inaudita del «más estupendo de los orgullos»: el de una democracia que raya en el olvido de cualquier superioridad y del que se diría que, sobre todo los hombres de la fábrica, son portadores de una «corona de conde en el cerebro»; pero al aunar en su contemplación la expansión cultural de los espíritus y el desarrollo material de la ciudad, piensa líricamente en la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías de vapores; la de Rusiñol y de Gual; la de las copiosas fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos, y las inmensas aguas que hablan... Barcelona es ciudad exuberante, dice Pío Baroja, que, a pesar del cosmopolitismo que producen los puertos como el suyo, se mantiene íntimamente hispánica, extraordinariamente española. Y el otro vasco, Ramiro de Maeztu, después de sopesar con su penetradora seriedad los diversos perfiles regionales, concluye afirmando que España es hija del esfuerzo de Cataluña, condensado en Barcelona y lanzado desde ella a las comarcas y a la lejana, vieja y nueva, Hispanidad.

    Si el orgullo barcelonés tiene esos ricos ingredientes y se apoya en tales argumentos sólidos, bien puede Barcelona —mis queridos hermanos peninsulares e isleños adyacentes— sentirse orgullosa de sus actividades y logros, de haber sido la adelantada o pionera en muchos de ellos, de expandirlos próvidamente; porque un orgullo así no parece soberbia, sino admirable fortaleza de espíritu, local y nacional, digna de estímulo y emulación.

    Por lo tocante a la amistad barcelonesa, no es, en efecto, improvisada, ocasional, dicharachera, a flor de labio, sino de estimación fundada en los valores inmanentes, en la conducta honesta, en el trato correcto, en el sentido equitativo de la justicia, la jerarquía y la disciplina, el moderado diálogo y el consecuente y diligente obrar. Es lógico que el regalo de amistades como ésta haya de merecerse y conquistarse con parecidas prendas humanas de fondo y forma, por lo mismo que no ha de ser humo de pajas y sí cultivo de enraizados afectos verdaderos que no se lleva el aire ni el vendaval.

    Aludiendo Menéndez y Pelayo —que tan hondo caló en el sentir barcelonés— a la amistad de Garcilaso y Boscán, de la que hacemos aquí expresivo símbolo, considerábala muy digna de los grandes siglos literarios, porque le hacía recordar en algún modo las de Horacio y Virgilio, Racine y Boileau, Goethe y Schiller, que no conocen épocas de decadencia y en las que el egoísmo y la vanidad ceden a todo y no ahogan los más sanos impulsos del alma. Veamos cómo ensalza la amistad barcelonesa el propio Garcilaso en su elegía dirigida a Boscán:

    Iba pensando y discurriendo un día
    a cuántos bienes alargó la mano
    el que de la amistad mostró el camino;
    y luego, vos, de la amistad ejemplo,
    os me ofrecéis en estos pensamientos.

    De la firmeza en la amistad, orlada de los más altos predicamentos que de una de las capitales más hermosas de Europa, grande, famosa, rica y bien fundada ciudad, puede pedir un discreto y curioso deseo, hace en estas palabras y en las siguientes, conocidas en todo el universo, Cervantes, su alabanza de nuestra Barcelona, que ha sido, es y continuará siendo todo lo que la mente cervantina esculpió de seguido, para su entera gloria, y nosotros desglosamos por epítetos:

    Archivo de la cortesía,
    albergue de los extranjeros,
    hospital de los pobres,
    patria de los valientes,
    venganza de los ofendidos,
    correspondencia grata de firmes amistades,
    y en sitio y belleza, única.


    Y esto no es todo en el florilegio de Barcelona, que está por reunir y compendiar, y al que sólo nos cabe aportar este deslavazado ramillete que vamos recogiendo a discreción en nuestro volandero y presto caminar. Pues Barcelona es más en estas espontáneas y fluidas rimas que al conocerla, quererla y admirarla, comparándola con Valencia, le dedicó Zorrilla:

    Mas Barcelona
    es la muchacha alegre de la montaña,
    sana, robusta y ágil: que, rica obrera,
    de un blasón nobilísimo feudo heredera
    tiene al pie de un peñasco que la mar baña,
    y de un arco de montes tras la barrera,
    un campo con mil torres para cabaña,
    por toldo y guardabrisa la cordillera,
    por taller la más rica ciudad de España,
    por mercado las plazas de España entera;
    y obrera que de estirpe noble blasona,
    da a la historia de España su prez guerrera,
    el florón más preciado de su corona,
    el cuartel más glorioso de su bandera.
    Artesana, que ciñe condal corona,
    en el taller sin penas trabaja y canta;
    con hilos y alfileres hace primores;
    en un puño de tierra cultiva y planta
    viñedos y olivares que, en vez de flores,
    en sus breñas y cerros, lomas y alcores,
    diestra escalona,
    cuida y abona
    con cien labores:
    eso, señores,
    es Barcelona.


    Idea de la misma belleza, en expresión de Gómez Silva; hermosa y bien situada, para el embajador veneciano Andrea Navagero; la más activa de España, con edificios que no ceden a los franceses, al parecer del barón de Bourgoing; en su balcón mediterráneo tiene el mejor museo de! mundo, al decir de SaintPaulien; prestigiosa ciudad de piedra sonrosada y gris, en la que sobresalen las flechas y las torres de Santa Eulalia y Santa María del Mar, según la recreación que ofrece a Camilo Mauclair el mágico espectáculo de la capital de Cataluña; bello recuerdo de recoletos parajes e impresionantes avenidas, en la memoria de Stendhal; laberinto de calles oscuras y frescas de salitre, sacudidas del yugo feudal como de cualquier otro por un pueblo sutil y gracioso cuyo secreto de supervivencia se adivina en sus mujeres, las más bellas, tal vez, de Europa, con los colores de un huerto en abril y el crepúsculo en los ojos, según contemplara la Barcelona antigua Waldo Frank; rumor bucólico del trepidar fecundo de las fábricas, la de los hombres graves y corteses que saben ser de ayer y de mañana, en el rimado sentir de Marañón; comarca con la cual únicamente pueden compararse, a lo sumo, otras dos de Europa, y donde la naturaleza y sus habitantes se hallan en mutuo y maravilloso acuerdo, como cantara la enamorada glosa de Guillermo de Humboldt...

    Apeadero de Europa, en la visión de Valentín de Pedro; maravilloso paisaje que bordeando el mar desde Mataró conduce a los remansos de los palacios góticos y de los monasterios, en la evocación del barón Davillier; con una eterna y blanda primavera, dice Baltasar de Castiglione; muy alegre su campaña y harto fructífera, la describe Gómez de Miedes; posada en una plana com sobre una catifa d'esmeralda, sa corona orgullosa, en lo mirall de l'aigua platejada, canta Rubió y Ors; ets tot sol, tu pel sol i ton alè és per elI, exclama López Picó; el conmovido verbo de Joan Maragall entona su «Oda nova a Barcelona», la gran hechicera; cortejada en las descripciones de Baedeker, Alfredo de Musset, Teófilo Gautier, Edmundo de Amicis, ya desde fuera o desde dentro, resguardada por el anfiteatro de montañas o abierta a los azules caminos del mar en el puerto y del cielo en el aeropuerto de grandes líneas peninsulares, internacionales e intercontinentales con tráfico intensísimo, la gran ciudad barcelonesa hace creciente honor a los dones que la naturaleza, la historia, el esfuerzo y la paz venturosa le otorgaron en el suelo y el cielo español, y es hoy el magno frontispicio hispano exornado con nuevas galas y pletórico de anchurosas perspectivas, anunciado por Lope de Vega:

    Que como levanta
    el valor de un edificio
    una espléndida fachada,
    así la gran Barcelona
    está a la entrada de España,
    sirviendo de arquitectura
    para su famosa entrada.


    En los anhelos de los barceloneses coetáneos, que alberga ese pórtico irisado por reflejos solares, ráfagas de Montjuich, destellos del Tibidabo «estimat, miranda de Barcelona», como exclamara Guimerá, vibra un presente henchido de luminosos destinos, cuyos proyectos en curso fecundan ilusiones de ayer que van hacia el mañana, con un sentir y un practicar de los deberes cívicos comunitarios y representativos que hacen de la Ciudad Condal la Civitas por antonomasia, calibrada por Unamuno de «asiento de civilización en lo orgánico de su unidad específica», esto es, peculiar, característica, magnifícente, cima de paz, ahínco de fe y promesa de continuidad esperanzada, a imagen del agua rumorosa de un caudaloso río que fertiliza las tierras y los campos al pasar, se remansa en paisajes de ensueño y cuando se empantana es para transformar su fuerza en otras energías transmisibles.

    Unidad específica sí, pero no sola. En el mundo que nos ha tocado vivir no hay soledad de ciudad, de comarca, de provincia ni aún solitud de nación. Tiempos atrás, quizá fuera justificable la actitud de Barcelona, muy parecida a la de! clásico cuando reflexionaba:

    A mis soledades voy,
    de mis soledades vengo;
    para andar sólo conmigo
    me bastan mis pensamientos.

    Ahora no. Porque el Estado ya no es el solitario centro abroquelado en su torre vigía y reducido casi al mero atisbo doméstico escopofílico. «No es un Estado caprichoso el que salió de nuestra Cruzada, sino un Estado católico, eminentemente social, constituido sobre la base de cuanto nos une», decía el forjador supremo de la Paz, al clausurar el Congreso Sindical de 1945. Y en esa misma dirección de pensamiento añadía al inaugurar, en 1963, el Museo Militar de Montjuich: «Esto es lo que quisimos: cambiar los derroteros de una política de divisiones y rencillas, por una política de amor... y hacer desaparecer cuanto desdecía de la grandeza de Barcelona y del civismo y laboriosidad de sus hijos».

    Así lo entiende la Barcelona de la Pau, «Ciudad de Ferias y Congresos», de la prosperidad esperada, de los progresos tecnológicos que acentúan el signo irreversible de la historia local y general, del Estado que se halla en la propia ciudad y con ella, que estimula sus planes de mejora y engrandecimiento, que la interpreta y atiende con amor, a la vez que ella misma, pero no ensimismada, se encuentra acomodadamente inmersa en el Estado, actúa, convive y alienta con el Madrid esplendoroso y acogedor de hoy, que nada tiene que ver con el de aquellos tiempos que se fueron; puesto que ambas ciudades interfluyen temperamentos y aspiraciones como entreviera Vossier al auscultar la trascendencia europea de la cultura española, y se transfunden recíprocamente sus valores y horizontes mentales, según apuntara Gironella, al considerar eficaz y estimulante que existan en nuestro país dos urbes que superan las mejores comparaciones: Madrid y Barcelona.

    Advirtamos, sin tregua, que ese fenómeno a la vista no es fruto de una mera polarización de efectos o de acumulación de afectos retroversos en ambas entidades capitalicias, pues la ley de los vasos comunicantes opera por ventura en todas las provincias y municipios, y patentiza al presente la afirmación de Franco: «Amar a las comarcas es amar dos veces a España». Bien cierto; porque si Barcelona se hermanó efusivamente cuando la guerra de Africa, y con motivo de catástrofes como los terremotos de Andalucía y Murcia, los incendios de Ataquines e inmediaciones de Consuegra y el de Santander, los tremendos desbordamientos del Turia..., la solidaridad masiva, impresionante de las demás provincias, ciudades, pueblos españoles, del Jefe del Estado y su Gobierno, con el Vicepresidente, Muñoz Grandes, al instante de producirse las arrolladoras inundaciones que en 1962 arrasaron las comarcas de Barcelona y sembraron la desolación, conmovió el corazón de los barceloneses y las raíces de su gratitud, al ver cómo desde el primer momento se hacía frente a la desgracia, se restañaban las heridas del dolor, se iban remediando los quebrantos de toda índole.

    Esto fue así en aquella angustiosa coyuntura y lo es en el normal decurso del tiempo actual, vinculador de nuestros designios, porque los hombres procedentes de unos u otros puntos cardinales se esparcen sin distingos de oriundez, transmigran y se ayuntan en las localidades a las cuales les llevan los avatares de la lucha por la existencia y en las que se sitúan o establecen: aquí o allí, según el lugar de partida o de llegada; ser de no empece estar donde, a lo largo y lo ancho del territorio nacional, con el aporte de singularidades a la pluralidad espiritual unívoca. Como lo siente, por ejemplo, Bartolomé Soler, en los Juegos Florales Sindicales del 1 de mayo de 1962, al pregonar: «Se va ensanchando mi patria a medida que camino. Esta patria que se me inicia en Cataluña, hasta que me desparramo sobre la Patria entera y me encuentro en mi patria, en Galicia y en Andalucía, en Aragón y en Castilla, en la Extremadura que se abrió un camino hacia el mar y en los farallones canarios, que me descubrieron el camino de América... Mirad si es grande la Patria que me nació de un humilde hogar de una humilde ciudad de este Vallés catalán. Y mirad si es grande esta heredad mía catalana, y fraternal y española, que a todos vosotros, vascos y aragoneses, y castellanos y valencianos, y murcianos y andaluces, si os veo aquí tan españoles como español me visteis en vuestra tierra, también aquí en Cataluña os veo tan catalanes como si, lo mismo que yo, fuerais sangre y carne de mi tierra, tuétano, nervio y costillar de mi raza».

    El amor es olvido del yo, que se contagia, que acorta las distancias y las llena de bienes difusivos, relegando las remembranzas aleccionadoras purificadas por la contrición. La paz se nos presenta en un constante tránsito reponedor de amores en la ordenada convivencia y enderezado, por naturaleza y destino, hacia un mundo mejor.

    Cada meta es inicio de otra superación. Cuando en los pechos del pueblo descorazonado bullía la ansiedad y los claustros estremecidos apenas podían musitar plegarias, Eduardo Marquina oraba en la escena española con su retablo «El monje blanco», vertiendo estas meditaciones anhelantes de un futuro que al cabo se cuajó de certidumbres:

    No era nadie... era una herida
    que sangraba sin cesar...
    Se apaciguaron mis días,
    se me hizo el alma cristal,
    salióme el dolor afuera...
    ¡porque alcancé la paz!


    De la paz interior, contemplativa, a la paz social que se exterioriza, se gana y se mantiene con ecuánime ardor. Porque «la paz no es un reposo cómodo y cobarde frente a la Historia», se dijo cuando en la nueva España empezaba a amanecer. Y así, las arriscadas cotas de las posiciones alcanzadas tras el 1.° de abril de 1939 han definido el «Parte oficial de Paz» que Eugenio d'Ors soñara, y que aparece a nuestra percepción como un modo o estilo de ser, estar y hacer dinámico, evolutivo hacia adelante, con todos los disentimientos que caben en el pensar y opinar sin exaltadas disensiones intestinas, y siguiendo el camino de la Pax civitatis agustiniana: ordinata imperandi atque obediendi concordia civium; concordia de las apetencias y armonía de las virtudes, en el alma desazonada de Fray Luis de León, tal como si se estableciese un «perfecto equilibrio entre todos».

    La Barcelona renacida en la España inmortal avanza «sin prisa y sin pausa, como la estrella», según recomendaba Goethe para entonar la vida. Se siente reconfortada, segura y creyente. Y contemplando la serena paz de los hombres y las fierras españolas, eleva a las alturas su cántico espiritual con Maragall:

    Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira
    amb la pau vostra a dintre de l'ull nostre,
    qué més ens podeu dâ en una altra vida?

    Por el servicio a la causa de la Paz se enaltecen los pueblos, como el nuestro, al servicio de Dios.

                                                                                                                                                                            
     JUAN IGNACIO BERMEJO Y GIRONÉS


    Junta interministerial: Barcelona. España en Paz, Publicaciones Españolas, Madrid, 1964