- Horizontes barceloneses. Desde la cima
de la Paz
I
Barcelona, la Barcelona municipal y provincial o, si se quiere,
la provincia barcelonesa y su sede capitalicia están presentes
y actuantes en este repasar de aconteceres que tanto tiene de rescate
y recuperación como de empalme con una continuidad quebrada por
extraños designios que amenazaron de muerte las nobles tradiciones
y las puras esencias vitales forjadas en el yunque afanoso de la Historia.
De cómo se ha desarrollado nuestra actividad, en los polifacéticos
aspectos que la integran, da idea, apenas indiciaría, porque
más no cabía, el elenco donde figuran antecedentes, datos
y circunstancias, de los que brotan y fluyen elementos de juicio ilustrativos
en torno a las características estructurales a que, de ese modo
sumario, pretenden responder, con miras a reflejar, bajo cada rotulación
o epígrafe, cuantos factores contribuyen a formar ese orden,
agrupación, disposición u organización del que
es clave interpretativa su correspondiente estructura: geográfica,
social y administrativa, espiritual y cultural, folklórica y
costumbrista, viaria y turística, económica, en fin, seguido
todo ello de los distintos complementos gráficos que facilitan
el pronto manejo, la orientación certera y el mejor entendimiento.
Claro es que tal dispositivo sería suficiente para la mera información
y serviría de cotejo en cualquier contraste que se intentare
con tan exiguo propósito; pero no bastaría para plantearse
a fondo una interpretación cualificada y cuantificada en términos
comparativos, sin ceñirse, por tanto, a la acotada etapa de que
se rinde cuenta en las siguientes páginas, por floreciente que
a primera vista resulte.
Bien saben de esas computaciones aquellos que han vivido los trascendentes
avatares de los cuatro decenios anteriores al año actual, primero
como juveniles espectadores y, luego, como hombres incorporados al cotidiano
quehacer, intenso y denodado; y conviene que lo vean también
los proseguidores para su mejor aprovechamiento, pues, como aconsejaba
previsoramente Xenius, la colaboración de la obra insigne de
los pasados es lo que permite a los trabajadores de cada día
la economía de esfuerzos, con la cual pueden darse en seguida
a nuevas adquisiciones; porque «el sabio no vive en su ciencia
como Robinsón en su isla; antes como ciudadano en república
de buen regimiento».
Parafraseando versiones de antes y de ahora, hemos de contemplar cómo
la antorcha de la fe va acompañada de la de la esperanza, y ambas
componen un legado transferible sin solución de continuidad,
el cual se nos presenta ya provinente de un mundo que en parte fue realidad
y en parte quiso serla. Del mismo modo que nuestras realizaciones forman
en el cortejo de obras contrastadas por la eficacia, que son y están
ahí, y de proyectos en curso que aún no han sido sino
obras en potencia, pero que pertenecen a la misma realidad e implican
responsabilidad de acierto o desacierto en relación con perspectivas
mediatas e inmediatas, habida cuenta de que el veloz acontecer a que
asistimos acorta la futuridad y a cada paso nos acerca a los problemas
que, en el pausado caminar de otras normales andaduras, hubiéranse
podido apenas vislumbrar en horizontes de muy remota lejanía.
Se ha de salvaguardar, no obstante, en cualquier forma de interpretación
o desde cualquier ángulo visual en el que el observador prefiera
situarse, y por encima de toda voluntad de acción, el pensamiento
que la ha inspirado y conducido, para que el hombre de aquélla,
de ésta o de la subsiguiente progenie no pierda el temple de
las riendas que como tal le corresponde tensar.
El ars boni et aequi nos coloca sencillamente ante la pretensión
de conocer y compulsar, a la manera de un examen de conciencia de cada
uno de nosotros y de la colectividad natural y jurídica que formamos,
las concreciones principales reveladoras del obrar de un pueblo y su
valor relevante en cuanto aportación al concierto de la comunidad
nacional a la que pertenece.
¿Por qué camino, con qué instrumento, en qué
actitud? Siguiendo aquel método consistente en el «orden
que observamos para evitar el error y encontrar la verdad», acudiendo
a las fuentes de donde mana el conocimiento de ella, que se llaman «criterios»,
argüía Balmes, y atendiendo a los medios de que dispuso
el narrador, a su situación y demás circunstancias. Así
podremos entrar en discusión, proseguía, que es fuente
de luz si se evita el espíritu de parcialidad, la influencia
del amor propio y los peligros que hay en tales casos de ofender al
ajeno...; porque es digno de notarse que en el calor de la discusión
y a veces en el suave movimiento de una conversación tranquila,
nos ocurren pensamientos que jamás se nos habían ofrecido,
y las dificultades del adversario, las observaciones de un amigo, las
dudas del indiferente y hasta las mismas necedades del ignorante, hacen
descubrir «puntos de vista totalmente nuevos, que ensanchan e
ilustran las cuestiones».
Semejantes trayectos, medios y disposiciones son los que alumbran la
razón humana para salir de la aporía o situación
angustiosa de desorientación y a encontrar la clave auténtica
de la «concordia», considerada por Cicerón el mejor
y más apretado vínculo de la comunidad. Cuando los pueblos
y ciudades son de un mismo parecer y escogen lo que creen convenir comunmente
y lo ponen por obra, dicen que están concordes. Concordar es
«resumirse en lo mismo», se ha venido afirmando desde Aristóteles.
Y ¿hasta dónde cabrá intensificar el principio
armónico sin desvanecer los contrapuntos en la estructura social?
Hay un grado de unidad en que el Estado dejaría de existir, del
mismo modo que una sinfonía se convierte en monotonía
si desaparecen todos los contrastes, advertía el estagirita.
El orden reduce a unidad la pluralidad, sentenciaba Santo Tomás,
pero la «unidad» se mantiene con arreglo a la forma o especie
de ese orden en «oficios distintos».
Ahí, en eso nada menos, estaba el quid de la cuestión
que en este punto consideramos retrospectivamente. Resolver esa incógnita
de modo congruente con los factores de espacialidad y temporalidad procurando
el asenso de pareceres prevalecientes en esta y aquella latitud de la
geografía española, vocadas al mismo destino en el que
hubieran de confluir las diversas personificaciones locales de acusada
entidad cualificada por vernáculos caracteres formativos, psicológicos,
culturales, era la gran proposición tantas veces intentada y
otras tantas quebrada por las roturas de la amistad civil, salvaguardia
del buen gobierno latu sensu, fruto, sustancialmente, de un
estado de paz y armonía, esto es, de adaptación entre
la organización pública y las ideaciones ciudadanas.
Los snobismos o mimetismos de importación no habían de
servir de panacea al enervamiento o la falta de pulso del país,
cuando el riego sanguíneo apenas llegaba a la periferia de la
nación y ésta se hallaba amenazada de congestión
cerebral. ¿Europeísmo? Sí, pero español.
Y, así, nótese bien, la españolía catalana
del insigne poeta Maragall preguntaba a la crítica amarga de
Giner cómo habríamos todos de auspiciar el engrandecimiento
de la españolidad radical, clara y neta, sin olvidar que «el
cielo sereno no es incoloro a nuestros ojos de hombres, sino azul»,
decía, y para reemplazar las rancias levaduras no bastaría
divulgar «un ideal de vida» en los ambientes nacionales,
aunque en aquel entonces no fuera desdeñable el propósito
de ser fuerte como un inglés, sabio como un alemán, fino
como un francés; puesto que tal finalidad sería letra
muerta, si no iba ligada a un «ideal español».
Esa transformación que, al margen de espejismos, se cifraba en
rehacer desde dentro la España original, sustentada en las propias
realidades y apta para ulteriores desarrollos, era enfocada de distinto
modo aun por las ráfagas regeneracionistas, captadas
primeramente por Silvela, en torno a la política circuida en
el ámbito madrileño; poco después por la «Unión
Nacional», como protesta levantada desde las provincias; luego,
con las reconvenciones anticentralizadoras, abanderadas por Costa y
Paraíso; más tarde, con fórmulas regionalistas,
tipificadas por la «Solidaridad Catalana»; requerimientos
de distinto sesgo, impulsados, en suma, por tendencias más o
menos veladas de subvertir la desmedrada relación de la política
gubernamental con la de las localidades.
Voz representativa de los mejores y más equilibrados anhelos
catalanes fue la de Rius y Taulet, sano adalid del municipalismo y precursor
del urbanismo enraizados en las fértiles tierras de Barcelona,
cuando ante el Parlamento defendía la «centralización
política y la descentralización administrativa»,
de modo que los pueblos y provincias tuvieran vida propia, no mermara
sus fuerzas la inactividad, ni hubieran de esperarlo todo del Estado,
que mal podía atender a los entes locales rindiendo tributo al
laissez faire, laissez passer; y así venía
a concluir: alta inspección estatal respecto a las funciones
de las Diputaciones y de los Ayuntamientos, con el objeto de que giren
dentro de su órbita, mas no que la «inspección»
se trueque en «absorción».
La esclarecida mente de Maura pretendió, con singular denuedo,
catalizar las reacciones dispares y «generar desde arriba la revolución»
que desde abajo se intentaba, para robustecer los profundos cimientos
en los cuales descansan las superestructuras de mayor grado y orden,
merced al enjundioso proyecto de Reforma de la Administración
local, auténtica Instituta por su trascendental dogmática
y preceptiva, pero que no logró remontar el vuelo entre las incontables
bandadas de enmiendas y rémoras partidistas, azuzadas por camarillas
de oligarcas y toparcas.
Solución española del caso catalán deparaba la
inteligencia prócer de Cambó, en las Cortes de 1907, al
comprender en la maurista dirección, de arriba a abajo, eclécticas
vindicaciones, tan distantes, por tanto, del centrismo y del catalanismo
a ultranza, cuyos turbios fermentos agitaban en contubernio inconfesable
las izquierdas dinásticas y el lerrouxismo demagógico.
Significó otro intento de coordinación el proyecto de
Mancomunidades que había elaborado Canalejas, cuando fue muerto
alevosamente, en 1912, y que en 1915 implantó, por Decreto, Dato,
también asesinado, precisamente por tres pistoleros de conocida
procedencia y garra internacional.
En otra coyuntura, Cambó se vale de la Asamblea de parlamentarios
para ofrecer nuevas orientaciones solucionadoras al Gobierno Nacional
de 1918, del que era inspirador, mientras en Barcelona, dice Seco Serrano,
abre guerra social el anarquismo, y escinde el bloque de la «Solidaridad»
la «Esquerra» en una radical afirmación separatista,
que pretende apoyarse desde entonces en un falaz entendimiento con la
«C. N. T.» para trabar la mixtura de abigarrados elementos
de la que, luego de trasponer el paréntesis de la Dictadura y
una vez proclamada la II República, el 14 de abril de 1931, habría
de surgir no ya la España renovada por la vigorosa y
dinámica periferia, ni la ensayada por mancomunación
municipal de regional alcance, ni siquiera la ecuánime de la
conllevancia orteguiana, sino la abiertamente escisionada del
Estatuto catalán de 1932, fruto inmaduro del pacto de San Sebastián,
puesto por obra expeditivamente antes de su promulgación y cuyos
mentores —que no la población sincera, sensata y apacible
de los barceloneses— pretendieron dar a la Historia un retroceso
de tres siglos, levantando insurgentemente fronteras borradas por el
vital avance de un país admirable y de su propia historia.
Hecha abstracción de ese descomunal desbordamiento que el torrente
de las pasiones desatadas durante el régimen republicano propició,
hay que reconocer que los movimientos municipales, provinciales o ultraprovinciales
enfrentábanse con Madrid en cuanto sede de la política
imperante y cabeza de un Estado solitario, incapaz de salir del cerco
formado por su misma inhibición a infundir energías a
las demarcaciones y lugares periféricos, amodorrados a la sombra
del mandarinismo caciquil, única seudoorganización, por
otra parte, virtualmente perceptible.
Sin concordancia de los dirigentes no era posible enderezar el orden
y la justicia social, maltrechos entre los bandos que se los disputaban
con soflamas electorales cargadas de «antis» y acompañadas
de tremendismos amenazadores de tenebrosa procedencia y captación.
En vez de procurar la síntesis, ahondábase en la antítesis,
sin que el centrismo ni el anticentrismo redujeran sus enconadas posiciones
doctrinales, simple y recíprocamente demoledoras. Salvo excepciones
de mesura, notábase en los climas periféricos un «localismo
irritado que no sabe lo que quiere, que sólo sabe lo que no quiere»,
como advirtiera Ortega y Gasset; quien, para convertir el signo negativo
en positivo, vislumbraba la redención de las provincias con un
sincero abrazo de la realidad que trastocara el «provincianismo»
en «provincialismo» integrado en un soberano nacionalismo,
en una verdadera Nación, que no dejase nada fuera de sí
misma, que tomara posesión de toda su interior riqueza. «España
no es sólo Madrid, son también las provincias»,
subrayó en otra ocasión; y aun añadía que
la unidad local no ha de limitarse a coincidir con lo que es la vida
local, sino que ha de contar, muy esencialmente, con hacerla «capaz
de empresas, de crecimientos, de magnificación», aludiendo
certeramente a la gran comarca, dotada de posibilidades económicas,
morales, sociales, susceptibles de vigorosas acciones e integradoras
de una gigantesca fuerza nacional.
II
Afortunadamente, el esbozado pensamiento discurre por vías generosas.
Depuestas las filias y las fobias en que se debatieran el supuesto hecho
diferencial y la debilitada atracción unitiva,
la «pacificación de los espíritus», otrora
declamada altisonantemente sin que el desdén diera ocasión
de entendimiento, tornó las aguas al cauce de la «humana
comprensión», porque el Estado nuevo sustituyó inveteradas
ausencias y relajamientos de los Gobiernos respecto a la vida local,
y destacadamente a la barcelonesa, por frecuentes presencias y actuación
constante, henchida de amorosa estimación y acogimiento ponderado,
transformadores de añejas distensiones en apretados vínculos
de palpitación estatal, provincial y supraprovincial, municipal
y ultramunicipal.
En esa franca evolución del sentido egocéntrico hacia
el policéntrico florece la Barcelona actual, guiada, más
que por transposiciones ideológicas atenidas a fórmulas
históricas, de caracterización o idiosincrasia —aunque
sin olvidarlas—, por los requerimientos de su admirable impulso
magnificador, asentado de hecho en bases físicas, económicas
y sociales, que son, sin duda, las que hoy dan fisonomía relevante
a la biología de la gran Municipalidad metropolitana, categoría
supradiferenciada digna de consideración y amparo a la extraordinaria
urbe barcelonesa, antes y ahora, con el mayor decoro en su ufanía,
Cap i casal de Catalunya.
Pero nuestra ciudad capitalicia no es sólo una aglomeración
industrial, comercial y laboral poderosísima; es tanto o más
un centro generatriz de progreso espiritual y material, ya desprendido
de las raquíticas introversiones limitativas de horizontes, y
aprestado por convicción y entrega a los quehaceres inmediatos,
pero no manos ni con menor aplicación a los problemas de rango
nacional, por la razón palmaria de que resulta difícil
distribuir unos y otros en compartimientos estancos, cuando las necesidades
se confunden y las competencias han de ejercerse coordinadamente en
apretado esfuerzo común.
Bajo otro prisma, las circunstancias afectantes a la industria y el
comercio, al trabajo, al transporte, a la cultura y a! confort, al nivel
de vida, a las relaciones públicas y a las corrientes turísticas,
Incrementan con incesante ritmo la atracción de las masas hacia
Barcelona, y por eso la población extravasa el continente territorial
de la ciudad, se desparrama y cobija en su zona de influencia, forma
de facto lo que los municipalistas ingleses denominan conurbation.
Imponíase, pues, por los motivos indicados, el metódico
descongestionamiento y la reordenación del espacio vital, a la
vez que la de los servicios que irradian del área metropolitana
y rebasan los meros confines del término municipal, substratum
o soporte notoriamente angosto para los moradores, que se acercan a
los dos millones de hecho, con tendencia al aumento vegetativo y al
flotante.
Ante el fenómeno conurbanístico y para procurar las soluciones
flexibles que el trance evolutivo recaba y las demás que guardan
conexión con los principios de autarquía inspiradores
de las Cartas municipales, estableció el Gobierno por Decreto
de 23 de mayo de 1960 un Régimen especial para el Municipio
de Barcelona, primero de los dos otorgados hasta ahora, en cuya parte
orgánica subyacen remembranzas de pretéritas instituciones
atemperadas a las dogmáticas modernas, mientras respecto a la
parte económica se arbitran medios acompasados al desarrollo
de la ciudad, con miras a incrementar los recursos sin demasía
de presión fiscal ni exoneración tributaria de ciertas
manifestaciones de riqueza, esto es, de modo que sea cumplidero el postulado
de la «justicia distributiva», según nominación
agustiniana, o de «justo repartimiento de cargas», según
la balmesiana admonición, y pueda el Municipio alcanzar los altos
y expansivos fines asumidos y las aspiraciones ideales latentes en la
ejemplar comunidad barcelonesa.
La actividad planificadora municipal en pleno auge, como muestran las
anexas referencias, se extiende y beneficia a las Entidades locales
de su próximo influjo, sin implicar criterio absorcionista, merced
a la unidad de la proyección urbanística comprensiva de
esa amplia zona circundante y encomendada a la Comisión de Urbanismo
de Barcelona, con representación de los Departamentos estatales
llamados a complementar la acción del Municipiocapital y funciones
ejecutivas sobre los elementos comunes de la comarca.
Claro es que esa comunidad de elementos comarcales tiene que referirse
no sólo a los que se vienen considerando netamente urbanísticos,
con ser éstos de principal importancia, sino también a
otros muchos de naturaleza primaria, tales como los concernientes a
la agricultura, ganadería, pesca y minería, a la industria,
comercio y turismo, a la población activa y sus tendencias de
distribución, atendiendo a las categorías profesionales,
a los niveles económicos, renta personal y consumo, etc.
No será, pues, la gran comarca avizorada nada que pueda equipararse
al proclive individualismo localista, con tendencia centrífuga
o de aislamiento, obstáculo evidente a la acción plena
y concertada de los demás impulsos dimanados de otros ámbitos
u órbitas actuales o de los que, en lo sucesivo, fueren susceptibles
de ensayo o montaje.
Ni tampoco habrá de prefigurarse la magnificación de la
Ciudad Condal a semejanza de un poderoso leviatán dominador de
las áreas metropolitanas en torno. Eje, atalaya de éstas,
sí ha de ser cabalmente la Barcelona engrandecida en cuanto afecta
a los aspectos apuntados: el urbanístico, el económico,
el social, con relevancia máxima, para coordinarlos entre sí
y armonizarlos en virtud de la clave irradiante de la sin par metrópoli
barcelonesa.
Por esas vías interpretativas se reconduce claramente la inserción
y el empuje de Barcelona y su comarca en el «Plan de Desarrollo
Económico y Social», donde aparecen las Corporaciones locales
llamadas no sólo al cumplimiento de los cometidos específicos
que la legislación les reconoce y amplía, sino también
a las tareas de colaboración que el Estado procura a las provincias,
como unidades políticoadministrativas, y a los Municipios, en
su concepto de comunidades vecinales genuinas, mediante interacciones
favorecedoras del desarrollo regional, aprovechando los distintos recursos
naturales y humanos de las diversas zonas, promoviendo nuevas actividades
productivas o la reforma de las existentes, y contribuyendo así
a aumentar el equilibrio económicosocial de todas las tierras
españolas.
De suerte que tal orden de cooperación recíproca del Estado
y las Entidades locales, que implica, desde luego, reacomodación
de relaciones entre aquél y éstas, fomenta el desenvolvimiento
de la gran comarca o de cualquier otro tipo regional, el cual se nos
presenta, según la estimativa de López Rodó, en
sus justos límites, porque ha perdido la nociva «carga
política» y cobrado «contenido socioeconómico»,
y no puede, por tanto, tener otra meta que la más perfecta
integración en el conjunto de la vida nacional; sin perjuicio,
como resulta obvio en nuestro caso o en otros similares, de aquella
autonomía necesaria para alcanzar los elevados y trascendentes
fines competentes a las futuras perspectivas de la magna y compleja
administración local de Barcelona, vocada siempre, y ahora más,
hacia la prestación de servicios de alcance comarcal incontenible,
a la manera de gigantesco árbol secular, cuyas profundas raíces
extienden su savia generosa y cuyas ampulosas ramas dan sombra protectora
a los Municipios circundantes.
Estamos, ciertamente, ante una sustancial transformación del
Derecho municipal o, más bien, del Derecho de Entidades locales,
derivada de las evoluciones sociológicas y técnicas que
imprimen asombroso avance al mundo entero. El Estado, que históricamente
se funda en las municipalidades, las integra en su seno, las impulsa
y preside su actuación, ha de fortalecer los núcleos locales
que entrañan su propia naturaleza y armonizar la «variedad»
multiforme de aquéllos con la «unidad» vigorosa y
vigorizante que representa su institución suprema.
Se trata de un criterio de valores, que hace del centro punto de referencia
para mantener la unidad social que no es, dice Ruiz del Castillo, unidad
«simple», sino «compuesta», por lo que el Municipio
autónomo, correlativo a una etapa necesaria hacia esa unidad,
determina en parte el resultado y, aunque adquiera una situación
subordinada, continuará influyendo en la unidad superior y al
mismo tiempo la reflejará. Por otra vertiente, y aplicando al
postulado autonómico municipal de nuestra hora el «principio
de subsidiariedad» que enseña el moderno Pontificado, colegiremos
cómo en la Mater et Magistra, lejos de predicar el puro y simple
abstencionismo del Estado, se afirma su intervención en el ámbito
de la competencia de las sociedades inferiores, enderezada, eso sí,
a prestarles el conveniente auxilio o subsidium, sin pretender
absorber sus actividades ni sustituir sus legítimas atribuciones
más allá de lo que realmente exija el bien común,
pero estimulándolas y amparando sus iniciativas con la mayor
amplitud posible, de suerte que los entes y organismos intermedios gocen
de cierta autonomía efectiva en su esfera de acción, respecto
de los poderes públicos, por virtud de una descentralización
estructural y funcional.
Autonomicidad de gestión administrativa sin menoscabo de la integración
política. ¿No es esta la doctrina clásica, ortodoxa,
que a lo largo del tiempo venimos profesando los municipalistas españoles
en cualquier latitud territorial, incluida la noble, sana y avanzada
demarcación barcelonesa? Ya advertía el Código
social de Malinas que «en ningún caso debe proceder el
Poder central como si él sólo fuese el Estado, que es
la nación organizada con todas las fuerzas vivas que la constituyen».
El Estatuto de Calvo Sotelo proclamaba la autonomía basada en
el respeto a la realidad social de convivencia de la que es paradigma
el Municipio, anterior al Estado y a la Ley que lo reconoce con plena
personalidad y capacidad jurídica integral en todos los órdenes
del Derecho y de la vida, por lo cual ha de limitarse a ampararlo en
función adjetiva, de subsidiariedad, diríamos ahora. El
Régimen local promulgado a la par del Fuero de los Españoles,
el 17 de julio de 1945, recoge y acentúa en muchos aspectos los
apuntados ingredientes autonómicos, apoyados en ios imperativos
categóricos cristianos, tradicionales entre nosotros, de personalidad,
peculiaridad y ejercicio de amplia competencia, incluso con las formas
de gestión de los servicios municipalizados o provincial izados,
y por órganos propios de carácter representativo de las
Entidades locales, dando paso al sistema de Carta, después desarrollado,
que entronca con las más rancias y recias libertades concejiles
y significa a la vez el máximo avance del municipalismo moderno,
apto, principalmente, para dotar de especial régimen a Municipios
como el de Barcelona, con ansias de superación, aspiraciones
a una vida más elevada y progresiva e inmerso en la agudísima
necesidad, antes descrita, de extender la prestación y administración
de sus servicios a municipalidades que, sin perder su autonomicidad
correspondiente ni acudir a los tipos asociativos de Agrupación
forzosa o Mancomunidad voluntaria, entran en el acogimiento de la ciudadcabeza,
devienen extramodum al Municipio compuesto o comarcal barcelonés,
reverberando así, en su gestación, el fenómeno
típico de la ciudad griega denominado mêtrôcomía
y synecismo.
III
¿Qué hay en la ciudad moderna de quanta fuit
la antigua Barcelona? Esta atrevida interrogante que ineluctablemente
nos acucia, implica el grave riesgo de un planteamiento retroverso en
el que, por razón de método, de circunstancia y de especialidad,
no nos es dado entrar cuando la empresa ha sido ya culminada por la
historiografía, gracias a los esfuerzos de nuestros investigadores
catalanes, principalmente, de los demás españoles y de
los historiadores en general, quienes ofrecen abundante y selecta bibliografía
nutrida de estudios monográficos.
No obstante, a los propósitos elementalmente informativos que
en este aspecto se requieren, bastará remitirnos a las publicaciones
histéricoturísticas, de carácter divulgador, pero
avaladas por el Instituto y el Museo municipales de Historia y por las
instituciones provinciales de Cultura, para recordar, en raudo y fugaz
vuelo sobre las cumbres del pasado y al hilo de la propia entrevisión,
cómo el sencillo poblado ibérico Barkeno perduró
latinizado en el que Pomponio Mela denominara parvum oppidum,
en el siglo I, que pronto se convirtió en la que Plinio cita
Colonia Barcino cognomine Faventia, la cual ganó los
sobrenombres de Julia, Augusta y Pía,
Patricia o Paterna, según las más recientes
interpretaciones lapidarias.
Tras de haber padecido las invasiones de bandas de filiación
germánica en el curso de los movimientos de pueblos en el siglo
III, fue amurallado todo el recinto de la vieja ciudad romana, pequeño
núcleo luego de la ciudad medieval que llegó a ser, al
desaparecer aquellas formidables e inmensas fortificaciones, el corazón
de la urbe moderna. Sede preclara del Cristianismo, Corte notable de
los godos, que otorga con Eurico el Código de Tolosa, sojuzgada
de los árabes, mas demasiado noble para dejarse esclavizar enteramente
(major suum et ad majora genitus quam ut mancipium sin me¡
corporis), avanzadilla de la reconquista catalana desde el año
803 en que Ludovico Pío la devolvió a la Cristiandad,
bajo los Condes empezó la ciudad una época de poderío
que, cuando el último de aquellos privativos, Ramón Berenguer
IV, señor de todo él Principado, dueño del mar
vecino, logró unir Cataluña y Aragón por su matrimonio
con doña Petronila, adquirió inusitado empuje en pocos
años, estableciendo relaciones mercantiles con Marsella, Génova,
Venecia, Nápoles y las ciudades principales de Turquía
y Grecia, mientras el Llibre del Consolat de Mar servía
de patrón a las demás legislaciones marítimas.
Aunque fuentes originarias procedan de más lejos, los Usatges
de Barcelona, primera cristalización legislativa en el país
y primer código feudal escrito de Europa, arrancan realmente
del período subsiguiente al derrumbamiento de la Monarquía
visigoda y recogen disposiciones dadas en épocas distintas e
incorporadas al primitivo núcleo hasta adoptar forma definitiva
en las Constitucions de Catalunya. Redactados por notables
juristas, principalmente por el escribano Pons Bonfill March, al parecer
fueron compilados inicialmente por el juez eclesiástico de Vich,
Guillem Borrell, poco después de la muerte de Ramón Berenguer
I, quien inaugura la serie de los grandes soberanos de Cataluña,
impulsa la expansión hacia las zonas sarracenas, que le valió
el sobrenombre de «apoderador d'Espanya»; influye en las
incorporaciones territoriales al sur de Francia, procura el apaciguamiento
de los magnates frente al poder público y acentúa la política
de «paz y justicia» de la Casa Condal.
El rey Jaime I, conquistador de Mallorca y Valencia, brilla con máximo
esplendor en los anales de la organización municipal de Barcelona,
por haber esbozado, primero, y establecido después, sustancialmente,
en virtud de los privilegios de 1257 a 1274, el armazón de nuestra
bien fundada y fuerte municipalidad, entonces universitas,
donde el común de ciudadanos o prohoms agrupábase
en la asamblea general, representada por el Consell de Cent,
y convocada muy especialmente para vísperas fijas o deliberaciones
graves, y los cinc consellers, fundamentales órganos
elegidos de entre aquéllos y como ellos por mandato anual, representaban
al Consell, asistían y asesoraban a los oficiales o
delegados de la autoridad regia: el Veguer, especie de vizconde, que
asumía en el territorio condal funciones vicariales de orden
gubernativo y judicial, y el Batlle, nombrado por el soberano para atender
cometidos de carácter económico, principalmente, o algunos
otros también gubernativos y judiciales de menor importancia.
Confirmando estas disposiciones y acogiendo las reiteradas súplicas
de la Universidad por mediación de sus prohombres, el hijo de
Jaime I, Pedro II el Grande, dispensaba a Barcelona 44 nuevos capítulos
privilegíales y promulgaba, en suma, el famoso estatuto jurídico
de 1283, denominado Recognoverunt Proceres, con el que el régimen
local así trabado, a fines del siglo XIII, habría de perdurar
virtualmente casi todo el resto de la época medieval, salvo ligeras
alteraciones.
Introdujo Pedro III, en 1386, la reforma de designar por sí mismo
los consellers. Su sucesor, Juan I, volvió al antiguo método
de elección y aumentó el número de componentes
del Consejo de Ciento, con predominio de la aristocracia, lo que hubo
de producir, en los comienzos del siglo XV, agitaciones populares que,
a pesar de haber sido sofocadas, continuaron latentes casi hasta 1455,
en que volvióse al sistema electoral establecido en los privilegios
de Jaime I y Juan II, y, lo que fue más importante, empezaron
a intervenir los gremios, con la propuesta de algunos elementos del
artesanado para formar parte del Consell de Cent.
Cuando Fernando el Católico advino a Barcelona en 1492, después
de la conquista de Granada y del descubrimiento de América, suspendió
el Consejo de Ciento y designó directamente sus nuevos consellers,
reduciendo en ese y otros aspectos las libertades salvaguardadas hasta
entonces, que prosiguieron zozobrando a merced de alternativas influencias
de los ciudadanos, caballeros y milites, sobre el estamento popular
y hubieron de vencerse luego abiertamente en favor de la nobleza.
Después de 1517, en que llegó a España Carlos I,
fue Barcelona, bajo su reinado, breve Corte imperial, pero inicióse
la decadencia del gobierno municipal, que se hizo muy notoria en el
siglo XVII, cuando los magistrados parecían más atentos
a los honores que a la prosperidad de la ciudad, y ésta hubo
de quebrantarse por luchas interiores y exteriores, hasta que sus privilegios
perecieron en 1714, con motivo de la Guerra de Sucesión y en
defensa de la Casa de Austria, al ser incorporada la organización
barcelonesa a la administración general para todo el reino.
La inmarchitable Barcelona supo renacer, y al final del siglo XVIII
consiguió un período de brillantísimo florecimiento
en todas las facetas de su vida: la espiritual y la económica,
la erudita y la artística, la industrial y la comercial, sin
que más adelante se truncara esa próspera trayectoria
ni aun por la ocupación francesa, dramática, pero fugaz,
pues la Ciudad Condal, impulsora de todas las ideas de progreso desde
mediados del siglo XIX, rebasó la circundación de sus
murallas en 1852, se extendió hacia el llano y en poco más
de medio siglo decuplicó el censo de sus habitantes, colocó
el puerto a la altura de los mejores del Mediterráneo y alineóse
entre las primeras ciudades de Europa.
La aprobación en 1859 del Plan de Ensanche, de Ildefonso Cerdá,
una vez derribado el cinturón murario, el gran impulso de la
Exposición Universal de 1888, inaugurada por la Reina Regente,
Doña María Cristina, en compañía de su hijo
Alfonso XIII, de dos años, y el Gobierno de Sagasta en pleno,
a la cual seguiría la Exposición Internacional de 1929,
promovida por el general Primo de Rivera, la Feria anual de Muestras,
ya organizada permanentemente, pueden tomarse como hitos del caminar
barcelonés hasta nuestros días, entre tantos aconteceres
novedosos y al paso de una creciente industrialización y potencia
económica.
IV
¿Flotará todavía la pregunta de qué es lo
que hoy queda en la ciudad cosmopolita y sus aledaños de cuanto
fue la Barcelona de las épocas reseñadas? ¿Parece
indispensable contestarla de algún modo aun a trueque de aventurar
lacónica respuesta sujeta a los deslices interpretativos, en
los que suele incurrir hasta el observador de más sagacidad?
Para curarnos en salud, válganos de descargo al desvarío
esta rima del «Cancionero barcelonés», de Boscán:
A tanto disimular
ya falta cualquier desculpa;
si fuere vergüença hablar,
sepan todos que más culpa
fuera el danyo de callar.
Así amparados por esa actitud, podremos esbozar al menos algunos
exponentes de rica tradición que ofrece la Barcelona actual:
en el aspecto físico o material, y sin entrar en la composición
viaria de la urbe, una serie incalculable de testimonios monumentales,
museísticos y archivísticos perfectamente conservados
o restauradas las obras en lo menester y acrecido todo ello con reverencia
y mimo insuperables, incluso los descubrimientos constantes del subsuelo
arqueológico; en cuanto a formación jurídica, el
hondo y enterizo sedimento de los usos, costumbres, privilegios, instituciones
y constituciones, modelo de sabiduría y prudencia, hontanares
del Derecho local, venerados por las generaciones de un pueblo hecho
de secular, intensa y agitada historia a la que no puede ni debe renunciar,
como cualquier otro, porque tiene «conciencia de eternidad y de
modernidad en plenitud de conciencia histórica», como quería
José Antonio; en el orden cultural, mercantil y psicológico,
lengua y literatura, artes, economía de tierra y mar, canción
y ritmo, estilos de pretéritos convivires familiares y transfamiliares
traducidos en rasgos de emotivo fondo y práctica solución,
«pies en tierra», que aflora en el seny catalán,
captado por Pemán al través de Lloréns y Maragall
como raciocinio superado por un penacho de intuición, argumento
de lógica mediterránea o luliana, no apodíctico,
cerradamente racional y necesario, sino de congruencia redondeada por
la fe, que piensa y dice según conviene mejor a la perfección
natural de las cosas.
Todas esas supervivencias y muchísimas otras, por supuesto, forman
en la moderna Urbs como el cortejo íntimo y a la vez decoroso
y ornamental, perceptible o tangible, del cual sólo podremos
evocar unos cuantos ejemplos testimoníales o simbólicos
en torno a algunos de los aspectos esbozados.
Como tales tenemos los muros y las torres recobrados del antiguo perímetro
romano; la catedral gótica, de traza sobria y elegante, sepulcros
y tesoros de pintura; el Barrio Gótico, en el que destacan, junto
a la plaza del Rey, el majestuoso salón del Palacio Real Mayor
y su preciosa capilla de Santa Agueda, el palacio de los Virreyes, y
en los alrededores de la plaza de San Jaime, corazón de la ciudad
antigua y de la actualizada, la iglesia de los santos Justo y Pastor,
a la que atribuyera Ludovico Pío los privilegios de juramento
para combate y para elevar a testamento sacramental las disposiciones
verbales; los vestigios monumentales del templo romano de Augusto; la
Casa sede de la ciudad, con su Salón de Ciento, y el Palacio
de la Diputación, con su Salón Dorado.
Colecciones excepcionales son las de pintura mural románica y
de pintura gótica sobre tabla, expuestas en el Palacio Nacional
de Montjuich; las series contenidas en el Museo Arqueológico,
procedentes de excavaciones en Baleares y Ampurias; la selección
de vastas colecciones de cerámica, admirables vidrios barceloneses
del siglo XVI, tejidos y bordados, orfebrería, muebles, reunidos
por el Museo de Artes Decorativas en el Palacio de la Virreina, que
atesora la Rambla; bajo las naves medievales de las Reales Atarazanas,
el gran Museo Marítimo; en el que fue Palacio Real, las colecciones
de arte antiguo, y las series escultóricas y curiosidades románticas
del Museo Marés; en el pintoresco recinto del «Pueblo Español»,
de Montjuich, el Museo de Industrias y Artes Populares; también
en la misma montaña el Museo Etnológico; en el Parque
de la Ciudadela, el Museo de Arte Moderno, resumen perfecto del arte
catalán; en Pedralbes, las pinturas trecentistas que constituyen
un pequeño museo pictórico medieval; en el Conservatorio
Municipal de Música, la rarísima colección de instrumentos
antiguos; y el Museo de Historia, y el Archivo Histórico de la
Ciudad, y el Archivo de la Corona de Aragón y la Biblioteca Central
de la Diputación.
Recordemos, entre los privilegios, las pragmáticas de Jaime I
prohibiendo, en 1241, a ios veguers de otros territorios que demandasen
a los ciudadanos barceloneses, con la reserva de esta facultad únicamente
al Bayle o Batlle de Barcelona, y disponiendo, en 1261, que el Veguer
de la propia ciudad siguiese el parecer de los consellers,
salvo mandato real; la potestad de Ordenanzas, reforzada por Jaime II
de Aragón, hasta el punto de aprobar, en 1315, las que al Consell
le permitían emprender acciones navales con armada de guerra
y exención de toda autoridad e inspección del Almirantazgo;
de reconocer, en 1319, a los prohoms y consellers el derecho de imponer
penas corporales, inclusive la de muerte, en las Ordenanzas civiles
y crimínales que formase para observancia en la ciudad y su término,
que comprendía desde Mongat hasta Castelldefels y desde Moncada,
Collcerola y Vallvidrera a Molíns de Rey, siguiendo el Llobregat
hasta doce leguas mar adentro.
En el mantenimiento del fuero, del respeto a la competencia municipal
y a la igualdad ante la Ley, es de conocimiento popular admirativo la
figura del bien plantado conseller Joan Fivaller, que en 1416
comparece ante Fernando I el de Antequera, con motivo del llamado «conflicto
de los carniceros», a sostener la autonomía de la hacienda
local, sin exención, ni para el rey, de los arbitrios a que estaba
sujeto quienquiera que adquiriese ciertas viandas en los mercados públicos.
«Porque la monstruosidad de ser rey y tributario de sus vasallos
—juzga el monarca, según la narración extraída
de Jerónimo Zurita—, no menos los afea a ellos que me desconsuela
a mí. No se hallará rey en el mundo pechero de su república,
ni otra ciudad, sino Barcelona, cobra gabelas de su príncipe.»
Seguido de los otros cuatro consellers del regiment,
y tan dispuesto a todo que hizo antes testamento por si había
de morir con sus compañeros en defensa de la libertad, el honor
y el aumento de la Patria, replica Fivaller: «No debéis,
señor, poner tan presto en olvido el juramento de guardar nuestras
constituciones. Vuestros antecesores tan buenos fueron como vos. ¿Qué
razón hay para no imitarlos o para condenar su ejemplo a costa
de vuestra verdad y fe? Como fieles os servimos, cuidadosos de vuestra
reputación y del sosiego de los súbditos, de los cuales
recibisteis el ser rey, con el contrato y condición de la guarda
de sus leyes y costumbres. Y ellas han dispuesto y obtenido que el tributo
no sea del rey, sino de la república.» Y cuando el mayordomo
real, acercándose al conseller, le pregunta: «¿Sois
vos Juan Fivaller?», éste responde: «Soy Barcelona».
Ciudad privilegiada antaño, de especial Carta ahora, custodia
Barcelona en nuestro Archivo el Llibre Vert, registro auténtico
oficial de principales privilegios recopilados por acuerdo de los consellers,
también llamado «Usatges de Ferrer» por el apellido
del fedatario que transcribió de otro libro las franquesas continuadas
en el Verde, y con éste en la mesa donde está el crucifijo,
mano derecha sobre los Evangelios, siguen los concejales pronunciando,
al entrar en el cargo, la fórmula ritual del juramento.
Como Liber ritualis puede considerarse el contenido en las
«Rúbriques de Bruniquer», bajo el título de
Ceremonial dels Consellers y Regiment de la Ciutat de Barcelona,
donde el cronista ilustre muestra las preeminencias, honras, precedencias
y demás prerrogativas que se les fueron otorgando, verbi
gratia, la de 1508, que les da a los miembros del Consell el
tratamiento de «magníficos», y la de 1632, que les
autoriza a «cubrirse» incluso ante el rey, y luego también
en la iglesia.
Vernáculas costumbres y celebraciones, saberes, decires, indumentos
y modos derivados de remotas épocas, giros diversos que han de
sobreentenderse en el puro concepto y amplia manifestación del
folklore o tipismo tradicional, acuden suavemente al hilo del
recuerdo: las cabalgatas, brillante la de los Reyes Magos, de ofrenda
a San Antón, sobre caballos bien enjaezados, la de los Tres Tombs;
el inefable juego de l'ou com balla, en el surtidor de los
claustros catedralicios; los tiernos belenes y la solemne bendición
de las palmas; las alegres romerías y caramelles; la
refulgente procesión del Corpus Christi, hervor de muchedumbre,
gala y pompa religiosa, transporte jamás interrumpido de la Sagrada
Eucaristía en las andas y andares barceloneses de más
de seis siglos; la festividad de la Purísima Concepción,
venerada mucho antes de su proclamación dogmática; la
fiesta de San Jorge, patrón de Cataluña, con la feria
de rosas en el patio de la antigua Generalitat; las grandes,
polifacéticas, deslumbradores fiestas de la Virgen de la Merced,
copatrona con Santa Eulalia de la ciudad; las ardientes y jubilosas
verbenas de San Juan y San Pedro; el dominguero navegar en «golondrina»
desde el embarcadero del puerto, que otea en actitud hierática
Colón, perdida la mirada en el claro horizonte del Mare Nostrum
y como respaldado por los vetustos muros del salón del Tinell,
donde rindiera a los Reyes Católicos, también acompañados
por los consellers, cuenta y razón asombrosas del colosal
Descubrimiento; el mercado de flores, colorista y zumbón, de
las Ramblas, que tienen aire y sabor marino en la mañana, ecos
de ópera en la noche, cuando en el Gran Teatro del Liceo se cultiva
acaso la más encendida tradición barcelonesa, mientras
el Paralelo bullicioso da rienda suelta a variedad de espectáculos
y diversiones frivolas; los matizados alicientes de las Rondas, herederas
del primitivo camino que recorría la antigua muralla, divisorias
de la vieja y la nueva ciudad, que nacen en el paseo de San Juan e incluyen
el mercado de San Antonio y el de los Encants, concurridísimos
por los compradores de libros, sellos, monedas y objetos usados; Ramblas
arriba, la de Cataluña, como tirando de los caracteres de las
otras para que no se diluyan, los renueva y transforma y empalma hasta
la espléndida Diagonal —eje de la gran capital barcelonesa
y espina dorsal de los lados de mar y de montaña, titulada «avenida
del Generalísimo Franco», a lo largo de sus 7.745 metros—,
con el magnífico y riente paseo de Gracia, donde parece que las
barriadas bajas se entonan con los barrios altos de aspecto residencial
—Pedralbes, Sarriá, la Bonanova, San Gervasio, la parte
principal del de Gracia, más lejos el de Horta— y la vida
social reviste el señorío precedente de señorío
comercial, y se dan cita en los edificios el regusto germánico
medievalista de Puig y Cadafalch y el modernismo de Gaudí, desposado
con la naturaleza exuberante en el parque Güell y transfigurado
en la maravillosa creación estética del Templo Expiatorio
de la Sagrada Familia, cuyas agujas recuerdan la morfología geológica
de los picachos de Montserrat, gnomos gigantes de afiladas puntas, entre
los cuales situó Wagner su «Parsifal», hizo su confesión
general, en el siglo XVI, San Ignacio de Loyola y entona Barcelona y
Cataluña entera la vespertina salve, por la mejor Escolanía,
y al unísono de voces enfervorizadas, el emotivo Virolai
a la Virgen «Moreneta»: Rosa d'abril...
Y, en fin, como envolviendo todo eso y cuanto más escapa a la
prisión de las palabras, pero que está en la realidad,
en el pensamiento y en la esencia, los Coros de Clavé, escuela
impar de cooperación social impresionante por la que las agrupaciones
compuestas de artesanos y obreros que laboran en el campo, el taller
o la fábrica, cantan luego sus sentimientos y sus glorias, ensanchan
el corazón y elevan el alma; mientras los corros ensartados por
dansaires de cualesquiera edades, indumentos o linajes, rinden
su culto rítmico, elegante y ritual a la sardana, con renovado
sentido de fraternidad y solidaridad, y la cobla lanza con
la tenora sus melodiosos sones, muchas veces cruzados por la
fantástica pirotecnia en la altura del cielo, donde los ecos
de músicas y cantos se funden con estelas de cohetes y carcasas,
incienso de parroquias, humo de fábricas, formando entrelazados
rizos en los que se percibe la paz alegre, orante y laboriosa, con la
que las familias de barrios y distritos, que son la entraña viva
y el tisú conjuntivo de Barcelona, ofrendan la firmeza de esa
trilogía, hecha de puras tradiciones, al hogar unidor, grande
y libre de la Patria.
V
Post nubila Phoebus. Como tras la tormenta el sol, esta era
de paz, renovadora de estructuras y de mentalidades, cataliza viejos
anhelos de los barceloneses —cesión a la ciudad del castillo
de Montjuich, Carta especial al Municipio, compilación del Derecho
civil catalán— y da pábulo a una serie de realizaciones
coetáneas de obras y ramas de servicios públicos provinciales,
municipales y comarcales de toda índole, tan vasta e importante,
que fuera vano empeño pretender ni siquiera la enunciación
concreta y detallada de lo hecho y logrado durante los veinticinco años
pacíficos desde, en o por el Gobierno Civil, con la asistencia
de las demás Delegaciones de los Departamentos ministeriales
respectivos; por la Diputación Provincial, con su cooperación
intensa a los ¡309! Municipios que tiene a su cuidado, o en colaboración
con ellos respecto a construcción y conservación de caminos
y vías locales y comarcales, protección de la agricultura,
establecimientos de beneficencia, difusión de la cultura, Institutos
de Ciencias sociales y del Teatro; por el Ayuntamiento de la capital,
con sus propios recursos y, en algunos sectores de su actividad, con
ayudas estatales, en punto a los accesos, Metros y transportes de superficie,
viviendas, construcciones escolares y Ciudad universitaria, templos
parroquiales, parques y jardines, zoo, instalaciones sanitarias, asistenciales
y deportivas, nuevo abastecimiento de aguas, mataderos y mercados, urbanización,
pavimentaciones, alcantarillado y saneamiento en general, alumbrado
público, juegos de agua e iluminaciones decorativas, paseo marítimo,
conjuntos monumentales y protección de paisajes, monumentos y
edificios históricos, excavaciones, Bellas Artes, museos y archivos,
Feria Oficial e Internacional de Muestras, fomento del turismo...
De la Maresma, el Vallés, Plana de Vich, Bergadá, Llano
de Bages, Cuenca del Anoya, el Panadés, Garraf, Bajo Llobregat,
hasta el Llano de Barcelona, ¡cuánto se hubo de rescatar
de las devastaciones padecidas, de los valores hollados por la vesania,
del tiempo que se fue en discordias y luchas que el Ebro decidió!;
¡cuánto se ha mejorado en lo que había y cuánto
se ha hecho ex novo con el esfuerzo unánime de nuestras colectividades
locales, sus órganos de gobierno y administración secundados
por los estamentos, sindicatos, asociaciones de vecinos y los altos
auspicios de las autoridades eclesiásticas, militares y civiles!
Y sin romper, ni mucho menos, con la tradición, sino apoyándose
en ella y lanzándola al porvenir. Poniendo «pies en tierra»,
sí, mas no a lo Sancho, porque el Quijote anda suelto en la imaginación
barcelonesa, que tiene soplos de adivinación hasta del suelo
abajo y vuelos de fantasía del suelo al infinito.
Así el Ayuntamiento descubre un día, en las metódicas
excavaciones que vienen completando la historia de la antigua Barcino,
una cabeza marmórea del Emperador Antonino Pío (138141),
y más recientemente, tallado en un sillar de piedra enorme, un
gigantesco «atlante» que retrotrae las investigaciones a
la civilización griega y, ya puestos en ella, a los arcanos mundos
de la mitología ciclópea; y otro día se estrena
en el Gran Teatro del Liceo la estupenda cantata «Atlántida»,
de Falla, terminada por Halffter, compuesta sobre el magno poema de
Verdaguer, desarrollo majestuoso de aquel esbozo en verso alejandrino
que Mossén Cinto presentara a los Jochs florals de 1868
bajo el título inicial de L'Espanya naixent, como si
el estro poético vislumbrara entre leyendas y utopías
—acaso el «Critias o la Atlántida» de Platón,
las «Metamorphoseon» de Ovidio, «La nueva Atlántida»
de Bacon, «Os Lusíadas» de Camoens—, lanzado
su imaginar volcánico desde las olas que bañan tierras
barcelonesas hasta las que besan las maravillas de las Islas Afortunadas,
los misteriosos albores de Hispania, su resurgir o renacer de cualquier
cataclismo geológico, de cualquier conmoción o embate
humano.
De lo que ha sido y es, de lo que ha hecho y hace, ¿está
orgullosa Barcelona?
El traído y llevado orgullo barcelonés viene
a ser en sustancia una especie de legítima herencia que no se
dilapida y se acrece con el trabajo, el cual ensancha en todos los aspectos
de la vida los peculios materiales y morales, y comporta la santa insatisfacción
de cada día respecto a las tareas individuales, a las colectivas
y a las de los dirigentes de la comunidad, movido todo ello por una
tesonera entrega y un estímulo de superación. Si eso es
orgullo, cuando a los hombres de Barcelona se les pregunte si están
orgullosos de sus antecesores, de sí mismos, de su conducta y
de su obra en general, creemos que tendrán gran acopio de razones
para responder como el castizo madrileño: «Sí; porque
se puede.»
¿Por qué se puede? Además de lo dicho, o apenas
insinuado hasta aquí, oigamos al barcelonés de hoy por
boca o pluma de otros que hallamos al azar y lo dijeron antes.
Barcelona, insigne capital de nuestro Principado de Cataluña,
proclamaba Fernando el Católico, desde un principio recibió
su auge y aumento del arte mercantil, y por medio de éste creció
tanto, que por todas partes del mundo fue nombrada como «eminente
y principal».
Barcelona ha tenido en todos los tiempos, escribía Coroleu, el
«orgullo de marchar a la vanguardia en la senda del progreso nacional»,
aun en medio de las guerras civiles, pronunciamientos y alborotos, y
la incesante actividad de sus hijos, su espíritu de iniciativa
y de asociación han realizado «verdaderos prodigios».
Realmente, Barcelona es la primera ciudad de España que establece
seguros marítimos y construye buques de gran porte en la Edad
Media, sin más rival que las repúblicas italianas, pues
los que botaba en 1331 desplazaban 2.000 toneladas; forma en el siglo
XIII las ordenanzas de sus gremios, modelo de equidad y armonización
del derecho con la justicia; inaugura en 1401 el primer Banco de cambio
de Europa; es la primera ciudad española que funde, en el siglo
XV, cañones de grueso calibre; lanza, en 1543, los primeros ensayos
para aplicar a los barcos el movimiento por medio de vapor; es la primera
que conoció el alumbrado por gas y electricidad hacia 1824 y
1847, respectivamente; construye, en 1832, los primeros talleres de
fundición de hierro; fleta, en 1834, el primer buque de vapor,
llamado el «Balear», destinado al transporte de viajeros
y mercancías desde Marsella a Mallorca, y de allí a Barcelona;
la primera máquina de vapor que funcionó en España
fue fabricada el año 1838 en la Ciudad Condal; en 1818 se había
organizado ya en Barcelona el primer servicio de cochesdiligencias para
viajeros; en 28 de octubre de 1848 se inauguró en Barcelona,
con el trayecto hasta Mataró, la primera línea férrea
de España; el 28 de junio de 1859 fue botado, junto al muelle
de la Barceloneta, el primer barco, «Ictíneo», ideado
por Monturiol para la navegación submarina; en fin, la Promoción
turística que hoy enaltece y pregona a los cuatro vientos del
orbe cuantos valores atesora España, tiene sus más antiguos
precedentes en las disposiciones adoptadas por los magníficos
y honorables consellers cuando, en el mes de enero de 1440, dispusieron
un completo catálogo de las noblezas, méritos, clima,
tradiciones, bibliotecas, alimentos, bebidas y otros efectos, Banco
de cambio, festejos, danzas, coplas de músicos, exposiciones
de tiendas, oficios y ferias, visitas a edificios de la ciudad, recibimiento
de viajeros ilustres y hasta guías comentadores para acompañar
a los visitantes de Barcelona y sus parajes comarcanos; y ya en la época
contemporánea se reunió en el salón del nuevo Consistorio
la primera «Asamblea de la Federación Española de
Sindicatos de Iniciativa y Turismo», suscitada por la Asociación
barcelonesa de «Atracción de Forasteros»; mas luego,
la primera ciudad que construye por sí sola un Teatro Griego
y un Palacio Municipal de Deportes y alcanza primacía en la Fiesta
nacional de la tauromaquia.
Siéntese vivamente impresionado Rubén Darío por
la personalidad del estamento popular cuando observa que, al discurrir
por la Rambla, denota, por su paso y su gesto, hallarse en posesión
inaudita del «más estupendo de los orgullos»: el
de una democracia que raya en el olvido de cualquier superioridad y
del que se diría que, sobre todo los hombres de la fábrica,
son portadores de una «corona de conde en el cerebro»; pero
al aunar en su contemplación la expansión cultural de
los espíritus y el desarrollo material de la ciudad, piensa líricamente
en la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías
de vapores; la de Rusiñol y de Gual; la de las copiosas fábricas
y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva flores
y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos,
y las inmensas aguas que hablan... Barcelona es ciudad exuberante, dice
Pío Baroja, que, a pesar del cosmopolitismo que producen los
puertos como el suyo, se mantiene íntimamente hispánica,
extraordinariamente española. Y el otro vasco, Ramiro de Maeztu,
después de sopesar con su penetradora seriedad los diversos perfiles
regionales, concluye afirmando que España es hija del esfuerzo
de Cataluña, condensado en Barcelona y lanzado desde ella a las
comarcas y a la lejana, vieja y nueva, Hispanidad.
Si el orgullo barcelonés tiene esos ricos ingredientes y se apoya
en tales argumentos sólidos, bien puede Barcelona —mis
queridos hermanos peninsulares e isleños adyacentes— sentirse
orgullosa de sus actividades y logros, de haber sido la adelantada o
pionera en muchos de ellos, de expandirlos próvidamente; porque
un orgullo así no parece soberbia, sino admirable fortaleza de
espíritu, local y nacional, digna de estímulo y emulación.
Por lo tocante a la amistad barcelonesa, no es, en efecto,
improvisada, ocasional, dicharachera, a flor de labio, sino de estimación
fundada en los valores inmanentes, en la conducta honesta, en el trato
correcto, en el sentido equitativo de la justicia, la jerarquía
y la disciplina, el moderado diálogo y el consecuente y diligente
obrar. Es lógico que el regalo de amistades como ésta
haya de merecerse y conquistarse con parecidas prendas humanas de fondo
y forma, por lo mismo que no ha de ser humo de pajas y sí cultivo
de enraizados afectos verdaderos que no se lleva el aire ni el vendaval.
Aludiendo Menéndez y Pelayo —que tan hondo caló
en el sentir barcelonés— a la amistad de Garcilaso y Boscán,
de la que hacemos aquí expresivo símbolo, considerábala
muy digna de los grandes siglos literarios, porque le hacía recordar
en algún modo las de Horacio y Virgilio, Racine y Boileau, Goethe
y Schiller, que no conocen épocas de decadencia y en las que
el egoísmo y la vanidad ceden a todo y no ahogan los más
sanos impulsos del alma. Veamos cómo ensalza la amistad barcelonesa
el propio Garcilaso en su elegía dirigida a Boscán:
Iba pensando y discurriendo un día
a cuántos bienes alargó la mano
el que de la amistad mostró el camino;
y luego, vos, de la amistad ejemplo,
os me ofrecéis en estos pensamientos.
De la firmeza en la amistad, orlada de los más altos predicamentos
que de una de las capitales más hermosas de Europa, grande, famosa,
rica y bien fundada ciudad, puede pedir un discreto y curioso deseo,
hace en estas palabras y en las siguientes, conocidas en todo el universo,
Cervantes, su alabanza de nuestra Barcelona, que ha sido, es y continuará
siendo todo lo que la mente cervantina esculpió de seguido, para
su entera gloria, y nosotros desglosamos por epítetos:
Archivo de la cortesía,
albergue de los extranjeros,
hospital de los pobres,
patria de los valientes,
venganza de los ofendidos,
correspondencia grata de firmes amistades,
y en sitio y belleza, única.
Y esto no es todo en el florilegio de Barcelona, que está por
reunir y compendiar, y al que sólo nos cabe aportar este deslavazado
ramillete que vamos recogiendo a discreción en nuestro volandero
y presto caminar. Pues Barcelona es más en estas espontáneas
y fluidas rimas que al conocerla, quererla y admirarla, comparándola
con Valencia, le dedicó Zorrilla:
Mas Barcelona
es la muchacha alegre de la montaña,
sana, robusta y ágil: que, rica obrera,
de un blasón nobilísimo feudo heredera
tiene al pie de un peñasco que la mar baña,
y de un arco de montes tras la barrera,
un campo con mil torres para cabaña,
por toldo y guardabrisa la cordillera,
por taller la más rica ciudad de España,
por mercado las plazas de España entera;
y obrera que de estirpe noble blasona,
da a la historia de España su prez guerrera,
el florón más preciado de su corona,
el cuartel más glorioso de su bandera.
Artesana, que ciñe condal corona,
en el taller sin penas trabaja y canta;
con hilos y alfileres hace primores;
en un puño de tierra cultiva y planta
viñedos y olivares que, en vez de flores,
en sus breñas y cerros, lomas y alcores,
diestra escalona,
cuida y abona
con cien labores:
eso, señores,
es Barcelona.
Idea de la misma belleza, en expresión de Gómez Silva;
hermosa y bien situada, para el embajador veneciano Andrea Navagero;
la más activa de España, con edificios que no ceden a
los franceses, al parecer del barón de Bourgoing; en su balcón
mediterráneo tiene el mejor museo de! mundo, al decir de SaintPaulien;
prestigiosa ciudad de piedra sonrosada y gris, en la que sobresalen
las flechas y las torres de Santa Eulalia y Santa María del Mar,
según la recreación que ofrece a Camilo Mauclair el mágico
espectáculo de la capital de Cataluña; bello recuerdo
de recoletos parajes e impresionantes avenidas, en la memoria de Stendhal;
laberinto de calles oscuras y frescas de salitre, sacudidas del yugo
feudal como de cualquier otro por un pueblo sutil y gracioso cuyo secreto
de supervivencia se adivina en sus mujeres, las más bellas, tal
vez, de Europa, con los colores de un huerto en abril y el crepúsculo
en los ojos, según contemplara la Barcelona antigua Waldo Frank;
rumor bucólico del trepidar fecundo de las fábricas, la
de los hombres graves y corteses que saben ser de ayer y de mañana,
en el rimado sentir de Marañón; comarca con la cual únicamente
pueden compararse, a lo sumo, otras dos de Europa, y donde la naturaleza
y sus habitantes se hallan en mutuo y maravilloso acuerdo, como cantara
la enamorada glosa de Guillermo de Humboldt...
Apeadero de Europa, en la visión de Valentín de Pedro;
maravilloso paisaje que bordeando el mar desde Mataró conduce
a los remansos de los palacios góticos y de los monasterios,
en la evocación del barón Davillier; con una eterna y
blanda primavera, dice Baltasar de Castiglione; muy alegre su campaña
y harto fructífera, la describe Gómez de Miedes; posada
en una plana com sobre una catifa d'esmeralda, sa corona orgullosa,
en lo mirall de l'aigua platejada, canta Rubió y Ors; ets
tot sol, tu pel sol i ton alè és per elI, exclama
López Picó; el conmovido verbo de Joan Maragall entona
su «Oda nova a Barcelona», la gran hechicera; cortejada
en las descripciones de Baedeker, Alfredo de Musset, Teófilo
Gautier, Edmundo de Amicis, ya desde fuera o desde dentro, resguardada
por el anfiteatro de montañas o abierta a los azules caminos
del mar en el puerto y del cielo en el aeropuerto de grandes líneas
peninsulares, internacionales e intercontinentales con tráfico
intensísimo, la gran ciudad barcelonesa hace creciente honor
a los dones que la naturaleza, la historia, el esfuerzo y la paz venturosa
le otorgaron en el suelo y el cielo español, y es hoy el magno
frontispicio hispano exornado con nuevas galas y pletórico de
anchurosas perspectivas, anunciado por Lope de Vega:
Que como levanta
el valor de un edificio
una espléndida fachada,
así la gran Barcelona
está a la entrada de España,
sirviendo de arquitectura
para su famosa entrada.
En los anhelos de los barceloneses coetáneos, que alberga ese
pórtico irisado por reflejos solares, ráfagas de Montjuich,
destellos del Tibidabo «estimat, miranda de Barcelona»,
como exclamara Guimerá, vibra un presente henchido de luminosos
destinos, cuyos proyectos en curso fecundan ilusiones de ayer que van
hacia el mañana, con un sentir y un practicar de los deberes
cívicos comunitarios y representativos que hacen de la Ciudad
Condal la Civitas por antonomasia, calibrada por Unamuno de
«asiento de civilización en lo orgánico de su unidad
específica», esto es, peculiar, característica,
magnifícente, cima de paz, ahínco de fe y promesa de continuidad
esperanzada, a imagen del agua rumorosa de un caudaloso río que
fertiliza las tierras y los campos al pasar, se remansa en paisajes
de ensueño y cuando se empantana es para transformar su fuerza
en otras energías transmisibles.
Unidad específica sí, pero no sola. En el mundo que nos
ha tocado vivir no hay soledad de ciudad, de comarca, de provincia ni
aún solitud de nación. Tiempos atrás, quizá
fuera justificable la actitud de Barcelona, muy parecida a la de! clásico
cuando reflexionaba:
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo;
para andar sólo conmigo
me bastan mis pensamientos.
Ahora no. Porque el Estado ya no es el solitario centro abroquelado
en su torre vigía y reducido casi al mero atisbo doméstico
escopofílico. «No es un Estado caprichoso el que salió
de nuestra Cruzada, sino un Estado católico, eminentemente social,
constituido sobre la base de cuanto nos une», decía
el forjador supremo de la Paz, al clausurar el Congreso Sindical de
1945. Y en esa misma dirección de pensamiento añadía
al inaugurar, en 1963, el Museo Militar de Montjuich: «Esto es
lo que quisimos: cambiar los derroteros de una política de divisiones
y rencillas, por una política de amor... y hacer desaparecer
cuanto desdecía de la grandeza de Barcelona y del civismo y laboriosidad
de sus hijos».
Así lo entiende la Barcelona de la Pau, «Ciudad
de Ferias y Congresos», de la prosperidad esperada, de los progresos
tecnológicos que acentúan el signo irreversible de la
historia local y general, del Estado que se halla en la propia ciudad
y con ella, que estimula sus planes de mejora y engrandecimiento, que
la interpreta y atiende con amor, a la vez que ella misma, pero no ensimismada,
se encuentra acomodadamente inmersa en el Estado, actúa, convive
y alienta con el Madrid esplendoroso y acogedor de hoy, que nada tiene
que ver con el de aquellos tiempos que se fueron; puesto que ambas ciudades
interfluyen temperamentos y aspiraciones como entreviera Vossier al
auscultar la trascendencia europea de la cultura española, y
se transfunden recíprocamente sus valores y horizontes mentales,
según apuntara Gironella, al considerar eficaz y estimulante
que existan en nuestro país dos urbes que superan las mejores
comparaciones: Madrid y Barcelona.
Advirtamos, sin tregua, que ese fenómeno a la vista no es fruto
de una mera polarización de efectos o de acumulación de
afectos retroversos en ambas entidades capitalicias, pues la ley de
los vasos comunicantes opera por ventura en todas las provincias y municipios,
y patentiza al presente la afirmación de Franco: «Amar
a las comarcas es amar dos veces a España». Bien cierto;
porque si Barcelona se hermanó efusivamente cuando la guerra
de Africa, y con motivo de catástrofes como los terremotos de
Andalucía y Murcia, los incendios de Ataquines e inmediaciones
de Consuegra y el de Santander, los tremendos desbordamientos del Turia...,
la solidaridad masiva, impresionante de las demás provincias,
ciudades, pueblos españoles, del Jefe del Estado y su Gobierno,
con el Vicepresidente, Muñoz Grandes, al instante de producirse
las arrolladoras inundaciones que en 1962 arrasaron las comarcas de
Barcelona y sembraron la desolación, conmovió el corazón
de los barceloneses y las raíces de su gratitud, al ver cómo
desde el primer momento se hacía frente a la desgracia, se restañaban
las heridas del dolor, se iban remediando los quebrantos de toda índole.
Esto fue así en aquella angustiosa coyuntura y lo es en el normal
decurso del tiempo actual, vinculador de nuestros designios, porque
los hombres procedentes de unos u otros puntos cardinales se esparcen
sin distingos de oriundez, transmigran y se ayuntan en las localidades
a las cuales les llevan los avatares de la lucha por la existencia y
en las que se sitúan o establecen: aquí o allí,
según el lugar de partida o de llegada; ser de no empece
estar donde, a lo largo y lo ancho del territorio nacional,
con el aporte de singularidades a la pluralidad espiritual unívoca.
Como lo siente, por ejemplo, Bartolomé Soler, en los Juegos Florales
Sindicales del 1 de mayo de 1962, al pregonar: «Se va ensanchando
mi patria a medida que camino. Esta patria que se me inicia en Cataluña,
hasta que me desparramo sobre la Patria entera y me encuentro en mi
patria, en Galicia y en Andalucía, en Aragón y en Castilla,
en la Extremadura que se abrió un camino hacia el mar y en los
farallones canarios, que me descubrieron el camino de América...
Mirad si es grande la Patria que me nació de un humilde hogar
de una humilde ciudad de este Vallés catalán. Y mirad
si es grande esta heredad mía catalana, y fraternal y española,
que a todos vosotros, vascos y aragoneses, y castellanos y valencianos,
y murcianos y andaluces, si os veo aquí tan españoles
como español me visteis en vuestra tierra, también aquí
en Cataluña os veo tan catalanes como si, lo mismo que yo, fuerais
sangre y carne de mi tierra, tuétano, nervio y costillar de mi
raza».
El amor es olvido del yo, que se contagia, que acorta las distancias
y las llena de bienes difusivos, relegando las remembranzas aleccionadoras
purificadas por la contrición. La paz se nos presenta en un constante
tránsito reponedor de amores en la ordenada convivencia y enderezado,
por naturaleza y destino, hacia un mundo mejor.
Cada meta es inicio de otra superación. Cuando en los pechos
del pueblo descorazonado bullía la ansiedad y los claustros estremecidos
apenas podían musitar plegarias, Eduardo Marquina oraba en la
escena española con su retablo «El monje blanco»,
vertiendo estas meditaciones anhelantes de un futuro que al cabo se
cuajó de certidumbres:
No era nadie... era una herida
que sangraba sin cesar...
Se apaciguaron mis días,
se me hizo el alma cristal,
salióme el dolor afuera...
¡porque alcancé la paz!
De la paz interior, contemplativa, a la paz social que se exterioriza,
se gana y se mantiene con ecuánime ardor. Porque «la paz
no es un reposo cómodo y cobarde frente a la Historia»,
se dijo cuando en la nueva España empezaba a amanecer. Y así,
las arriscadas cotas de las posiciones alcanzadas tras el 1.° de
abril de 1939 han definido el «Parte oficial de Paz» que
Eugenio d'Ors soñara, y que aparece a nuestra percepción
como un modo o estilo de ser, estar y hacer dinámico, evolutivo
hacia adelante, con todos los disentimientos que caben en el pensar
y opinar sin exaltadas disensiones intestinas, y siguiendo el camino
de la Pax civitatis agustiniana: ordinata imperandi atque
obediendi concordia civium; concordia de las apetencias y armonía
de las virtudes, en el alma desazonada de Fray Luis de León,
tal como si se estableciese un «perfecto equilibrio entre todos».
La Barcelona renacida en la España inmortal avanza «sin
prisa y sin pausa, como la estrella», según recomendaba
Goethe para entonar la vida. Se siente reconfortada, segura y creyente.
Y contemplando la serena paz de los hombres y las fierras españolas,
eleva a las alturas su cántico espiritual con Maragall:
Si el món ja és tan formós, Senyor, si es mira
amb la pau vostra a dintre de l'ull nostre,
qué més ens podeu dâ en una altra vida?
Por el servicio a la causa de la Paz se enaltecen los pueblos, como
el nuestro, al servicio de Dios.
JUAN IGNACIO BERMEJO Y GIRONÉS
Junta interministerial: Barcelona. España en Paz, Publicaciones
Españolas, Madrid, 1964
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