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En busca de la
sociedad perdida
La necesidad de entender el tiempo presente es tan antigua como la
humanidad. Que la filosofía sea su propia época comprendida
por el pensamiento, como quería Hegel, significa que ha dejado
de ser practicada únicamente como ciencia de lo intemporal,
que debe también introducirse en la aventura de la historicidad
y de las revoluciones políticas y científicas. Este
libro pretende sumarse a esa expedición en busca del sentido
y la inteligibilidad del mundo actual. Constituye un intento de comprender
la sociedad, al que anteceden otras dos obras que tuvieron por objeto
la ética y la política (Ética de la hospitalidad
y La transformación de la política, editadas
ambas por Península en 2001 y 2002, respectivamente). Estos
tres libros pretenden pensar la articulación de ética,
política y sociedad en el horizonte del mundo contemporáneo.
Podría hablarse de una trilogía si la expresión
no tuviera un tono tan enfático; prefiero presentarlos como
tres proyectos que se complementan, perspectivas diferentes sobre
una misma realidad, que es la vida práctica y común
de los seres humanos.
Vivimos en unos momentos en que pensar la
sociedad es una tarea tan difícil como apasionante; las turbulencias
en medio de las cuales tenemos que orientarnos parecen ponernos ante
la exigencia, por decirlo con una expresión de Turgot, de prever
el presente. Ya no es el presente algo que se nos entregue simplemente
a la mirada, sin empeño teórico, interpretativo y anticipatorio.
Tal vez las estadísticas son tan bien recibidas porque sugieren
que las situaciones complejas se pueden comprender sin una visión
estructural, mediante simples estimaciones cuantitativas. Pero la
sociedad es actualmente un asunto interpretativo. Ser concreto en
el mundo de hoy reclama un esfuerzo teórico; para distracciones
nos sobran las de la vida inmediata y práctica, tan poco reconocidas
y por eso mismo tan difíciles de superar. Esta teoría
de la sociedad invisible aspira precisamente a formular una interpretación
filosófica del siglo XXI, es decir, buscando el sentido de
las cosas que pasan y no tanto la acumulación erudita de datos.
Pero al mismo tiempo se trata de entender la nueva configuración
del mundo sin sacrificar su complejidad en el altar de una ley única
que pudiera aclarar el paisaje social. El estudio de la sociedad nos
devuelve hoy la imagen de una campo desestructurado y no la de un
objeto iluminado por el saber donde los elementos se inscribieran
en un todo coherente. La crisis de determinadas expectativas y evidencias
nos ha permitido percibir de una manera más precisa la configuración
de los fenómeos sociales, aunque sea en la forma de habernos
hecho cargo de la dificultad de esa percepción. Vivimos, sin
duda, en una sociedad que escapa de nuestra comprensión teórica
y de nuestro control práctico en una medidad más inquietante
que en otras épocas menos perplejas acerca de sí mismas.
La primera responsabilidad de la filosofía social consiste
en estar a la altura de la complejidad, contingencia e intransparencia
de la sociedad contemporánea. La sociedad es compleja por el
aspecto que nos ofrece (heterogeneidad, disenso, caos, desorden, diferencia,
ambivalencia, fragmentación, dispersión), por la sensación
que produce (intransparencia, incertidumbre, inseguridad), por lo
que puede o no hacerse con ella (ingobernabilidad, inabarcabilidad).
Como viene advirtiendo el nuevo discurso acerca del riesgo, hemos
de acostumbrarnos a vivir en un mundo más cercano al caos que
al ordne, a concebir el orden como la continuación del caos
por otros medios. La dinàmica de la sociedad amenaza con riesgos
sistémicos que nos afectan realmente, pero esas cadenas causales
son tan complejas, indirectas y opacas que resultan muy difíciles
de identificar y combatir. Los sistemas complejos se caracterizan
precisamente porque no pueden controlar al mismo tiempo y de la misma
manera todas las variables que intervienen en él. La búsqueda
de un fin ha de contar con efectos no pretendidos que se hacen notar
tarde o temprano, lo que Charles Perrow denominaba "catástrofes
normales": consecuencias inesperadas que no se pueden excluir
completamente. Cuando más complejo es un sistema, a más
contingencias está referido, más interacciones inesperadas
pueden hacer aparición frente a las que no está en condiciones
de asegurarse plenamente. Toda institución suplementaria en
orden a la seguridad produce una nueva complicación del sistema
que conduce a su vez a nuevas inseguridades. Los sistemas de elevada
complejidad han puesto radicalmente en crisis el ideal de que los
fenómenos pueden ser por completo divisados, comprendidos y
manejados.
La forma de nuestras sociedades crea una distancia entre el hombre
y la sociedad que ya no se explica con la conocida categoría
marxista de la alienación (que suponía saber perfectamente
en qué consiste la sociedad o en qué debería
consistir), sino con algo que podría denominarse "extrañeza":
una sociedad compleja es una sociedad inalcanzable e inconcebible.
Podríamos decir que lo alienado no es tanto el sujeto como
la sociedad. La anarquía de los procesos aleja a la sociedad
de los hombres y la convierte en algo intransparente. Las lógicas
y las gramáticas de los sistemas simbólicos de la sociedad
han alcanzado un grado de autonomía que desde hace tiempo la
configura como una realidad en buena medida independiente de los hombres
singulares concretos, también de sus esfuerzos y proyectos
colectivos, y por supuesto de su capacidad de observación y
comprensión.
Que la sociedad se haya invisibilizado progresivamente significa que
tiene menos que ver con variables objetivas que con posibilidades
y sentidos. Estas son las nuevas magnitudes de lo social: virtualidad,
exclusión, riesgo, oportunidad, simulación, alternativa,
representación... La centralidad que han adquirido estas dimensiones
virtuales no ha convertido la sociedad en algo irreal, aunque lo parezca,
sino que plantea la necesidad de modificar nuestro concepto de realidad,
tal vez demasiado cosificado, visible e inmediato. No vivimos en un
mundo de objetividades consistentes e indiscutibles, ordenado por
representaciones y regido por un pensamiento que pueda entenderse
a sí mismo como una representación neutra de la realidad
exterior. Hace ya tiempo que los medio técnicos de la sociedad
de la información se han constituido como los ineludibles aprioris
históricos de nuestra percepción y nuestro comportamiento.
La cultura de la simulación ha debidlitado en demasía
el principio de realidad, lo que no significa necesariamente que vivamos
en un mundo irreal. Ha cambiado la medida de lo real, que pasa a ser
algo más plural y menos sólido de lo que pretendieron
los dogmáticos y los objetivistas. Y la idea de manipulación
se ha convertido en un concepto descriptivo -sin connotaciones críticas,
desenmascaradoras o moralizantes-, pues carece de un contrario simétrico,
como pudiera ser la descripción objetiva de la realidad, la
autenticidad o la sinceridad. Estas son cosas que tiene sentido seguir
pretendiendo pero que habrán de formularse de otro modo.
Al mismo tiempo, la competencia entre imágenes del mundo, ideologías
y estilos de vida produce la impresión de un mundo menos claro.
Pero de ese pluralismo no queremos prescindir. La falta de rotundidad
del mundo es inseparable de la experiencia de la libertad y el pluralismo.
El final de la evidencia y la visibilidad se corresponde con el reconocimiento
de la plurisignificación de la realidad. El desmoronamiento
del mundo territorialmente delimitado, ideológicamente polarizado
y administrado por una burocracia exacta ha dado al traste con determinadas
esperanzas, pero también se ha llevado consigo las peores ilusiones,
revelando la compleja realidad de la sociedad. Un mundo así
es también más indeterminado y abierto, más interpretable
y posibilitador del pluralismo, menos incontestable. Este es el escenario
de nuestros éxitos y nuestros fracasos. Que alguien celebre
los primeros o lamente los segundos, que se fije más en unos
o en otros, es algo que depende de la contingencia del punto de vista.
El pesimista no debería olvidar que este sistema proporciona
un grado de libertad desconocido hasta ahora o en otras culturas.
El optimista ha de estar dispuesto a dejarse recordar que este escenario
ofrece también posibilidades inéditas a cínicos,
traficantes y terroristas.
Si he llamado a esta realidad "sociedad invisible"
es porque las sociedades complejas son aquellas en las que hay no
solamente problemas de legibilidad, sino una intransparencia irreductible.
Aunque este título aspire a ordenar en una denominación
fenómenos que se resisten a la unidad, la dificultad de hacerse
una idea del conjunto o la totalidad continúa sin disiparse
plenamente. Del mismo modo que el sistema social ya no se edifica
a partir de las interacciones de los individuos, tampoco se observa
desde las percepciones visuales. Por eso hay que elaborar un observatorio
que requiere unos hábitos similares a los del espionaje y una
forma de crítica muy distinta de la tradicional crítica
social. Nuestra sociedad no se entiende fácilmente, y esa pérdida
de evidencia se nos ha vuelto ya algo evidente. Podemos imaginarnos
la sociedad como un lugar que es, al mismo tiempo, algo real e imaginario;
las relaciones que la tejen son hechos, y también los significados
que los actores les dan. Todo lo cual ofrece una configuración
inédita que tiene que ver con la creciente virtualización
de la sociedad, en los diferentes ámbitos. Muchas cosas han
dejado de ser lo que eran: el poder, la guerra, los territorios, la
comunicación, el miedo, la economía. La invisibilidad
afecta especialmente al futuro, que es, a la vez, menos adivinable
y menos prescindible. De ahí que el libro se cierre con una
conclusión nada definitiva: una reflexión sobre la utopía,
la más interesante de las cosas que uno, por definición,
no puede ver.
INNERARITY, Daniel: La sociedad invisible,
Espasa Calpe S.A., Madrid, 2004
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