- Dentro y fuera de la ciudad
No conservo el recuerdo de la primera vez que me sentí
ciudadano, habitante de ciudad, pero sí tengo muy presente el
primer chispazo que me hizo consciente de estar fuera de la
ciudad, arrojado a una exterioridad misteriosa tan alejada en el tiempo
y el espacio de la vida doméstica como las ilustraciones que
adornanban el Viaje al centro de la tierra de Julio Verne,
aquel lugar en donde las leyes familiares no regían en absoluto.
Es un instante que me ha quedado detenido en la memoria, bien perfilado
y todavía resplandeciente.
Mi familia pasaba los veranos en un pueblecito llamado Vilasar de Mar
que es hoy un fenomenal conjunto de rascacielos, una excrecencia de
Barcelona hinchada como una hernia que se agranda para dar alivio a
venenos que amenazan el organismo entero. Pero en los años cincuenta
Vilasar era un discreto reducto de chalets para veraneantes y un más
largo conjunto de casas de población autóctona dedicada
a la horticultura y la pesca.
Desde antes de la guerra civil, mi abuelo alquilaba cada año
una casona de aspecto indiano con patio de fachada y jardín trasero
al que no faltaban ni la balsa, ni el emparrado, ni el huerto. Aquella
casa le convenía porque bastaba con cruzar la carretera y saltar
las vías del tren para acceder a la playa, pero aquella carretera
que hoy es una de las más densas de Cataluña era entonces
de tan escasa circulación que mi primo y yo matábamos
las tediosas horas de la siesta sentados en el pretil del patio dedicados
a la tarea de contar coches. «Uno», silencio, «dos»,
más silencio, «tres», mucho más silencio,
«cuatro». A veces en una hora no llegábamos a los
quince.
Era evidente que aquello no era una ciudad pero podía quizás
ser algo semejante a un parque, una prolongación de Barcelona
algo absurda y de difícil acceso. Al fin y al cabo toda la gente
que conocíamos era de Barcelona ya que los veraneantes apenas
cuidábamos el trato con los lugareños. Con la inocente
arrogancia que adorna a los hijos del invasor, no teníamos ni
la más remota conciencia de estar ofendiendo el viejo honor campesino
y marinero de quienes se enriquecían (y más tarde, con
la especulación, muchísimo más) gracias a nuestra
invasión, dando lugar a un resentimiento muy característico.
Pero mucho antes de que me sentara con mi primo a contar coches o trenes
(lo que generó en Jordi una afección anímica que
aún le dura y es bello verle sostener una maqueta de locomotora
en la mano como si fuera una tanagra recién desenterrada de Pompeya)
tuve esa curiosa experiencia de verme a mí mismo fuera de la
ciudad, en un ámbito en donde las leyes son distintas y aun contradictorias
con las de cada día, las de casa, las del colegio, un lugar en
donde perduran los dioses antiquísimos.
Acababa de caer uno de esos repentinos chubascos que a finales de agosto
refrescan pasajeramente la atmósfera antes de volver a abrir
el cielo y dejar caer la maza del sol. Yo paseaba por el jardín
en busca de caracoles, babosas, ranas y otras bestias que parecían
nacer del agua como ondinas, pero en aquella ocasión quedé
prendido en la gran tela moteada de gotas brillantes que una araña
restauraba a toda velocidad en un seto de mirto. Tejía con una
energía admirable, como si temiera perder la escuadrilla de moscas
y moscardones que había levantado el vuelo en cuanto volvió
a lucir el sol. En el lomo le brillaba una joya en forma de cruz y sólo
muchos años más tarde supe que se llamaba Epeira (Araneus
diadematus) y que esa diadema gozaba de una historia literaria
que se remonta a los tiempos en que también Platón y Teognis
la admiraban.
No quedé atrapado por la belleza del insecto ya que a esa edad
no se hacen sabios distingos entre cosas bellas y feas, sino por la
trabazón, el encadenamiento que ligaba la lluvia y el sol con
las moscas, la tela, la araña, las babosas, los caracoles, las
ranas que silbaban sus flautas con ritmos a contrapié y las nubes
que se alejaban ligeras. Se me produjo, en una palabra, la primera y
muy vulgar experiencia de unidad de todos los elementos, de todas las
partes de esa gigantesca criatura viviente que solemos llamar «naturaleza»
o «cosmos» en cuyo seno yo era algo menor, más diminuto
aún que la araña, aunque también me afanase a mi
manera por mantener intacta la tela tras cada catástrofe.
Es una experiencia corriente, común, todo el mundo la sufre en
un momento u otro y con ella se abre la estupefacción que suele
dar nacimiento a la inteligencia de lo abstracto, una inteligencia que
termina en el polo opuesto, en la otra aduana del pensamiento, allí
donde lord Chandos se percataba de que ese inabarcable conjunto cósmico
del que formamos parte no puede ser descrito con palabras y por lo tanto
el habla de una minúscula parte del ser, tan minúscula
que nos hace casi mudos.
El primer sentimiento panteísta, por lo tanto, a mí me
asaltó allí, en aquel preciso momento y lugar, como si
la propia araña me hubiera atrapado en su tela enviada por la
mano mágica del día con el propósito de encestarme
en el cosmos viviente. La sensación escalofriante de formar parte
de un colosal urbe animado no habría podido tenerla en la ciudad
porque en ella el orden de los acontecimientos y la fuerza de las leyes
camina en sentido contrario; en lugar de unir en comunión con
una vida más grande, divide, analiza y sostiene las vidas pequeñas
como si pudieran valerse por sí mismas. Para la lluvia había
paraguas, para el frío radiadores y estufas, cuando se ponía
el sol se encendían las farolas y las telas de araña eran
aquellas porquerías que las señoras barrían de
las esquinas del techo con largas escobas. Las telas de araña,
en la ciudad, no formaban parte de absolutamente nada, estaban solas,
aisladas como cada uno de nosotros, y sólo se les pedía
que molestaran lo menos posible. Aquella gema inverosímil más
brillante que el diamante Koo-hi-nor, aquella agitación que como
una centella tramaba su habitáculo sorteando perlas de agua para
trabar pronto una trampa de geometría inaudita era, en la ciudad,
suciedad.
Desde entonces he sentido esa divisoria abimal entre la ciudad y su
exterior como una de las más enigmáticas escisiones de
las que somos víctimas y verdugos. Algunos urbanistas, como Le
Corbusier, han querido eliminar de la ciudad todo cuanto no fuera inteligencia
práctica, ciencia, razón y ética, diseñando
un programa decidido para matar los animales que nos aguantan el alma,
es decir, nuestro cuerpo.
Otros, en cambio, como Guy Débord, los situacionistas y algunos
surrealistas, quisieron por el contrario hacer de la ciudad un espacio
transparente con su opuesto, el viejo orden natural, y que pudieran
vivirse las ciudades como selvas y junglas.
Incluso los revolucionarios han proyectado su revolución a veces
como Saint-Simon, enemigo declarado del animal que todavía en
parte somos, y otras veces como Fourier, partidario de dejar vivir a
nuestro animal libremente. Ésta es una de las razones por las
que muchos ecologistas se debaten en una doble vertiente irreconciliable,
o bien el artificio es lo único que todavía puede salvar
nuestra supervivencia en el cosmos construyendo una nueva naturaleza
(artificial), o bien la naturaleza se convierte en una reivindicación
sentimental y es entonces un producto religioso, represor y retrógrado.
El último artículo de este libro habla de un escritor,
Julien Gracq, que se ha esforzado por vivir su ciudad como si fuera
el lugar misterioso, inaccesible, donde habitan las divinidades, las
arañas, los ríos, las nubes, la pirita, los huevos de
zorzal, las auroras siempre nuevas y distintas.
En la ciudad no cuentan las leyes exteriores a la ciudad, o sólo
cuentan como catástrofe. Las telarañas forman parte de
la suciedad como los sapos o la fruta repleta de ávidos gusanos,
la noche es sinónimo de «inseguridad ciudadana»,
las lluvias causan atascos de tráfico, el frío incrementa
la polución por calefacción y el calor lo aumenta por
aire acondicionado. Esta división de poderes es antiquísima
pues ya Aristóteles advertía que en el exterior de la
ciudad (polis) sólo viven "dioses y bestias. Es
una de las separaciones o contradicciones que estructuran la cultura
de Occidente frente a otras culturas, como algunas del subcontinente
indio, en las que la divisoria no es tan tajante.
Las leyes de la ciudad son las del artificio y son ellas las que han
ido construyendo, desde que tenemos noticia de un tiempo nuestro,
a ese individuo zoológico que ahora podemos comenzar a calificar
de post-humano, un individuo que pronto será un clónico
biológico liberado de nuestras actuales taras, enfermedades y
rarezas psíquicas, conectado a una red electrónica que
le mantendrá firme, seguro, controlado y dirigido por centros
de inteligencia artificial inasequibles al capricho, la corrupción
o la locura.
A muchos les espanta ese futuro de ciudad universal post-humana. No
es mi caso. No es éste un augurio por el que sienta antipatía
sino más bien curiosidad, aunque no alcanzaré a verlo
en pleno rendimiento. He nacido para conocer los inicios de la post-humanidad,
no su plenitud, y por eso soy (son, todos aquellos que comparten
esta opinión) un primitivo de mi propia época.
Si el conjunto de las artes ha sido siempre el más fidedigno
correlato de cómo hemos ido pensando, habitando y conociendo
el mundo y también nuestro lugar en el mundo y la justicia de
esa distribución, debemos considerar a las ciudades como las
obras de arte supremas, el signo áureo de nuestro jeroglífico.
La arquitectura, arte del espacio puro, fue el sostén de la escultura
y el primer gesto de reparto y razón del orbe. La arquitectura
comienza allí en donde Caín señaló con una
cruz dónde terminaba la exterioridad y dónde se centraba
la ciudad. La pintura nació para sustituir a la escultura, demasiado
anclada en la construcción monumental como para permitir el traslado
que la movilidad renacentista precisaba. Cada ciudad es un fundamento
de lugar y una propuesta monumental, con una arquitectura que soporta
esculturas que se aligeran en pinturas, con un sonido o música
para acompañar los rituales y ceremonias ciudadanas, y unas palabras
o poesía que forman el habla de la comunidad. Cada ciudad es
un proyectó total y su potencia no depende del tamaño
o del caudal económico; en ciudades diminutas como Bérgamo
y al amparo de sus piedras góticas nació un signo que
pronto fue mundial, Arlequín, ese signo de la comedia bergamasca
tan inmenso como la luna aunque naciera en un pesebre. Cada ciudad,
por pequeña y miserable que sea, pertenece al orden genitivo
de lo urbano.
Cuenta el Génesis que una vez expulsado del seno familiar tras
el asesinato de Abel, el fugitivo Caín y su horda fundaron la
primera ciudad. Caín quiso construir con sus propias manos aquel
paraíso del que sus padres tanto le habían hablado y restañar
así con un gesto de soberbia la herida de una expulsión
injusta. La invención de la ciudad cainita es coincidente con
la invención de la historia, y ésta a su vez con la partición
del habla en las muchas lenguas de Babel. El constructor de Babel, el
gran Nemrod, era un príncipe de linaje cainita, artista supremo
de la construcción, espíritu tan esforzado y libre como
Empédocles o Hólderlin, o quizás el Empédocles
de Holderlin. Su castigo no fue una derrota, sino la expansión
de los humanos por la tierra toda y la fundación de cien ciudades,
mil ciudades, un millón de ciudades.
Hay una relación armónica, una suite, un canto
que comienza con el invento de la muerte (Caín es el primero
en conocerla, antes que sus padres, y debemos tenerle por el primer
metafísico), sigue con la construcción de la primera ciudad,
da lugar a todas las artes como respuesta al orden externo y perdido,
para terminar con la aparición del ser biológico post-humano,
ciudadano global (quizás también virtual) elevado por
encima de su propia muerte. En el orden cósmico, sólo
el primer asesino podía inventar un remedio contra la muerte,
la cual es un asunto única y exclusivamente humano ya que es
tan sólo conciencia de muerte.
Los animales, los vegetales y los minerales no mueren, como no muere
nada exterior a la ciudad, se desagregan, se desintegran, se deshacen
en partes orgánicas e inorgánicas para regresar a su anterior
estado, a su hogar. Sólo los humanos morimos y lo hacemos
desde que cobramos conciencia de estar condenados a morir. Morir es
tener conciencia de morir, nada más. Y Caín, primera conciencia
de la muerte, protegió su descubrimiento con las grandes máquinas
de la urbe. Frente a la naturaleza eterna, infatigable, inextinguible,
se alzó a partir de entonces la ciudade- la de la muerte y de
la conciencia. El lugar de los mor tales. Nuestro hogar.
Por eso la visita y el estudio de las ciudades y de cada una de las
ciudades nos proporciona datos imprescindibles sobre nuestra capacidad
para vivir un orden nuestro, sólo nuestro, un orden de nuestra
exclusiva propiedad, apropiado. Un orden cada día más
distante de la araña, de su tela punteada con perlas de agua
y de las leyes que unen a los vivientes con los inmortales. En la ciudad
nosotros hacemos nuestra propia ley, una ley sin dioses ni bestias,
sólo para mortales. Tal es el motivo por el que me ha parecido
del todo inútil reunir en un volumen algunas páginas escritas
en el hogar de las ciudades. Páginas modestas, sin pretensión.
Jamás volveremos al orden externo, jamás saldremos ya
de la ciudad. Con nuestro padre Caín fuimos todos expulsados
de aquel lugar que unía en una sola danza estrellas y pulgas,
volcanes y chumberas, selvas y océanos y lagartijas. Estamos
encerrados en la ciudad como en un vientre femenino, esperando que algún
día logremos construir post-humanos con ojos capaces de ver una
luz sin muerte. Si el post-humano puede sobrevivir, lo hará a
partir de su crecimiento en el líquido amniótico de la
urbe. Hemos fecundado nuestro propio embarazo y las ciudades, todas
y cada una, son vientres en cre-cimiento. El resto, el exterior, es
el eterno desierto de la inmortalidad.
AZÚA, Félix de: La invención de Caín,
Grupo Santillana de Ediciones S.A., Madrid, 1999
|
|