El Mediterráneo es un hombre disfrazado de mar

José Ma. Gironella
 

 

Viaje mediterráneo, en fin. La costa septentrional, nórdica; dejaremos el litoral africano para otra ocasión. La ventaja que ese itinerario presenta es que incluye, entre otros lugares de rango esencial, Grecia. Grecia es un milagro, si entendemos por milagro algo maravilloso que puede acontecer. Allí se me agotó el verbo y me dediqué a estremecerme, a cultivar sensaciones. Fui pagado con creces, y nada me sería tan grato como lograr que alguien, a través de estas páginas, compartiera conmigo tal cúmulo de experiencias.

El Mediterráneo es un hombre disfrazado de mar. Ésa es la conclusión a que llegué al término de mi peregrinaje. Lo que los hombres mediterráneos han hecho ha sido exportarse a sí mismos hasta el confín, hasta el agotamiento. Existe otro tipo humano, el tipo oceánico —atlántico, índico—, que, por lo menos hasta una época muy reciente, se ha visto absorbido por un horizonte acuático excesivamente dilatado; el Mediterráneo, en comparación, es un simple lago, que limita al Sur con el desierto y al Norte con una Europa industrializada que pugna para imponerle su código de valores.

Así, recluido en su cuenca, el hombre mediterráneo concedió primacía al Hombre. Ésta ha sido su razón de ser. Muchas de las conquistas de convivencia, de ímpetu creador, de esquemas estéticos y morales de que el mundo se ufana hoy en día partieron de este lago-mar. Visto en presente, desde una cápsula espacial, ese enfoque histórico debe de resultar casi un chiste; pero no se me ocurre ningún argumento, ni siquiera objetivo, capaz de probarme lo contrario.

El Mediterráneo es un hombre. Todo lo que de él no sea humano es disfraz.


JOSÉ MARÍA GIRONELLA
Arenys de Munt, mayo de 1974

 

  info@mcrit.com