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ELOGIO DE UN SER INCOMPRENDIDO
Dragones: memoria e historia
J. E. RUIZ-DOMÈNEC
La Vanguardia Digital - 20/04/2001
Siempre ha habido muchas razones para recordar los dragones:
del Farner de Wagner al Hobbit de Tolkien, pasando por las decoraciones de
las puertas babilónicas en honor a Isthar, los bestiarios medievales, la
Flauta mágica de Mozart o los dibujos animados de Walt Disney, no existe
cultura que no haya buscado el modo de representar ese animal, mitad
reptil, mitad quimera voladora, dos rasgos difícilmente separables
incluso en el caso de los dragones chinos que aparecen en los días de
fiesta. Para convertir a un ser fantástico en todo un símbolo de la
libido, como propuso el psicoanalista Carl-Gustav Jung, es necesario
encontrar un rasgo común en todas las civilizaciones. Propongo un viaje
de instrucción desde el mar de la China hasta el Mediterráneo que tenga
como tema único la búsqueda de dragones en la memoria y en la historia.
El gran dragón chino, Long-Wang, emblema de las aguas, se
caracteriza por sus virtudes celestiales. La fertilidad acuática se
concentra en las nubes, es decir, en una región superior. Los chinos son
adeptos del arte de tomar el reino de los cielos por la tremenda, como
decía sir James Frazer: cuando ansían que llueva, fabrican un enorme
dragón de papel y madera que representa al dios-lluvia y lo llevan en
procesión, pero si no llueve a continuación, el dragón es execrado y
despedazado. Ese dragón generador de la lluvia y de la vida es una
serpiente de dos a cuatro patas llamada Ying-Long. Muy pronto a esos
motivos se añadieron nuevos elementos: el carácter sagrado y el símbolo
de la realeza. No extrañe ver a emperadores como Huang-Hi conducidos a la
morada eterna por un dragón; o más explícitamente que un rey mítico
lleve el título de Long Quân, el rey dragón, como ocurre en Annam.
En Indonesia, y en todo el sudeste asiático, los nâgi,
unos espíritus femeninos del agua, sustituyen al dragón chino: son esas
princesas con olor a pescado que se unen a un nombre superior para fundar
una dinastía. Esas ideas viajarán hacia Occidente. En la India del sur
se cree que uno de los antepasados de la dinastía Pallava se había
casado con una nâgi y había obtenido de ella las insignias de la realeza.
Ni siquiera las leyendas budistas escapan a la fascinación de este
espíritu del agua convertido en la madre absoluta de un linaje, o del
género humano. La existencia de un matrimonio sagrado parece segura
detrás de esas leyendas.
Un cuento muy conocido

Mariscal
En mis propias investigaciones, dos buscadores de dragones
en la memoria colectiva se imponen. Uno de ellos, el mercader Niccolò dei
Conti, buscó las raíces de un famoso cuento mediterráneo, conocido por
todo el mundo gracias a la descripción que hizo de él unos años antes
el otro buscador del que hablaba: John de Mandeville. El cuento decía lo
siguiente: en cierto país había una plaga provocada por una serpiente de
muchas cabezas, un dragón, que destruía a todos, salvo que se le
entregase una mujer virgen cada cierto tiempo. Muchas doncellas fueron
inmoladas con tal fin hasta el día que le tocó el turno a la hija del
rey, en que como las demás fue entregada al monstruo. Entonces apareció
un joven que mató al dragón y liberó a la doncella.
En Persia, durante los siglos XIII y XIV esta historia se
convirtió en el punto de partida de los artistas. La pintura Iskandar
matando al Dragón, realizada hacia 1330, es una majestuosa
representación de ese relato mítico. También lo es el tema principal
del Sah Nameh o Libro de los reyes, escrito por el poeta Firdusi en esos
años, donde el espíritu nacional persa se articula mediante la victoria
de un valiente guerrero sobre un malvado dragón.
En el Mediterráneo, esa historia se atribuía al guerrero
de Capadocia identificado con san Jorge. Los mismos males y las mismas
soluciones que vemos en la cultura persa se descubren en las diferentes
versiones mediterráneas de la Leyenda de san Jorge y el dragón. Héroe
nacional en muchos pueblos, como Génova o Cataluña, su acción fue
legitimada por el cronista y obispo Jacopo Da Varazze en la Leyenda Aurea,
una obra escrita a finales del siglo XIII, en los mismos años en que el
rey Pedro el Grande ascendía al Canigó, donde habitaba, según se decía,
un dragón.
La difusión de la leyenda de san Jorge y el dragón dio por resultado el
eclipse de otras versiones. Por ejemplo, la que narraba la domesticación
de la fiera por parte de santa Marta en las fiestas populares conocidas
como la Tarasca, por ser ese pueblo de Provenza su lugar de origen; o la
que situaba al dragón en medio de celebraciones urbanas como aún se
puede ver en la recreación de la Patum de Berga. Por no hablar de la idea
del caballero andante que libera a la muchacha del dragón y se casa con
ella; o del mito literario alemán de Sigfrido, que mata al dragón
guardián del tesoro de los nibelungos.
San Jorge y el dragón fue el tema principal de la pintura
gótica en el Mediterráneo: Martorell o Borrassà en Cataluña fueron sus
principales intérpretes y en ellos descansa la memoria colectiva. En sus
pinturas, el dragón representa las fuerzas oscuras, y el santo, el
espíritu solar que las vence, recreando así el duelo eterno entre la
serpiente del Apocalipsis, agente de Satán, y el arcángel san Miguel,
representante de Dios.
La lucha contra el mal
La bestia existe en el mundo y hay que oponerse a ella,
incluso matarla. Ése es el mensaje de la pintura gótica, pero también
de la prodigiosa e inquietante obra de Vittore Carpaccio, actualmente en
San Giorgio degli Schiavoni. Los cadáveres que circundan al monstruo,
atravesado por la lanza del santo, son la prueba de que aquel paisaje era
un paisaje de destrucción y muerte. La victoria del bien sobre el mal, el
fondo común a toda aventura humana, y el principal motivo de que la
leyenda esté tan extendida en la memoria y en la historia.
Mis propios recuerdos sobre este asunto son más modestos:
se reducen a un pequeño cuadro conservado hoy en el Museo Jacquemar
André de París, pintado hacia 1425 por Paolo Uccello. El santo a caballo,
con la cruz de San Jorge en la sobrevista, con la lanza bajo el brazo y un
magnífico arnés milanés, se enfrenta solo al dragón, que se interpone
entre él y una muchacha asustada. Al fondo el mar, y una ciudad a cuya
puerta tres personajes esperan el desenlace de la lucha. Ese pequeño
cuadro me descubrió uno de los secretos de la vida más guardados en todo
tiempo y en todo lugar: la necesidad de luchar contra el mal sea cual sea
la variedad de las apariencias con las que se recubra.
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